El pasillo ciego
No regresé a mi oficina después de la entrevista. Caminé sin rumbo por los pasillos internos, aquellos que no aparecían en los mapas de orientación ni en las visitas guiadas. San Marcos tenía corredores secundarios, pasillos ciegos pensados para que el personal se moviera sin ser visto… o sin ver demasiado.
Ahí fue donde me detuve.
Apoyé la espalda contra la pared fría y cerré los ojos solo un segundo. El edificio vibraba levemente, como si respirara. Pensé en la zona muerta. En cuántas veces había estado en una sin saberlo.
—Doctora Rivas.
Abrí los ojos de golpe.
Era Lucía, una enfermera del turno diurno. Joven. Atenta. Demasiado consciente de su entorno para alguien nuevo.
—¿Está bien? —preguntó.
—Sí —respondí rápido—. Solo… necesito un momento.
Lucía dudó. Miró a ambos lados del pasillo.
—No debería quedarse aquí —dijo en voz baja—. Este sector no tiene cámaras.
La miré con atención.
—¿Cómo sabe eso?
Lucía bajó la voz aún más.
—Porque aquí fue donde pasó lo del año pasado.
—¿Qué cosa?
Se mordió el labio.
—El psicólogo anterior. El que llevaba el caso de Marco antes que usted.
Sentí un vacío breve en el estómago.
—¿Qué le pasó?
—Pidió reasignación —dijo—. Dos veces.
—La tercera… desapareció del sistema.
—¿Renunció?
Lucía negó.
—Nunca firmó nada.
Nos quedamos en silencio. El pasillo parecía más estrecho.
—¿Por qué me dice esto? —pregunté.
Lucía me sostuvo la mirada.
—Porque desde que usted llegó, Marco está distinto. Más tranquilo. Como si hubiera estado esperando.
No supe qué responder.
—Cuídese, doctora —añadió antes de alejarse—. Aquí, cuando alguien empieza a recordar demasiado, deja de ser útil.
Me quedé sola otra vez.
Regresé a casa temprano ese día. No encendí luces. No preparé té. Me senté en la oscuridad con el teléfono en la mano.
Pensé en llamar a un abogado.
Pensé en llamar a la dirección.
Pensé en llamar a la policía.
Pensé en la llamada que no hice.
El teléfono vibró.
Número desconocido
“Mañana no habrá interferencia.”
No respondí.
Segundos después, otro mensaje.
“Hay alguien más en la zona muerta.”
Mi respiración se detuvo un instante.
“Y no va a esperar tanto como yo.”
Apagué el teléfono y lo dejé boca abajo sobre la mesa. El silencio volvió, pero esta vez no era el mismo. No era el de antes. Era un silencio cargado de advertencia.
Esa noche soñé con el pasillo ciego. Caminaba por él sin saber a dónde iba. Al final, una puerta. Del otro lado, una voz conocida.
—No llamaste —decía.
Desperté sobresaltada, con el corazón acelerado.
Al amanecer, tomé una decisión que llevaba años evitando.
Abrí la carpeta Verano.
Copié el número.
Marqué.
El tono sonó una sola vez.
Luego, una voz al otro lado.
—Pensé que nunca llamarías —dijo.
No era Marco.
Y en ese instante comprendí que el caso no empezaba en San Marcos…
ni terminaba conmigo.
Había más testigos.
Y no todos estaban encerrados.