El otro lado
No colgué.
El instinto me gritaba que lo hiciera, que cortara la llamada, que fingiera que aquel número no existía. Pero ya había cruzado una línea invisible. Colgar ahora no me devolvería al punto de partida.
—¿Quién eres? —pregunté.
La respiración al otro lado era lenta, medida.
—Eso no importa —respondió la voz—. Importa que no estuviste sola aquel día.
Cerré los ojos.
—Estás equivocado.
—No —dijo—. Tú mirabas la piscina. Yo miraba la casa.
Sentí cómo se me aflojaban las piernas y tuve que sentarme.
—No puedes saber eso.
—Lo sé porque tú no miraste hacia atrás —continuó—. Y porque cuando te fuiste, alguien más se quedó.
El silencio se estiró entre nosotros.
—Marco Vega —dije al fin—. ¿Qué tiene que ver contigo?
La voz soltó una risa breve, sin humor.
—Marco es la consecuencia —respondió—. No la causa.
—Entonces explícate.
—San Marcos no es un experimento —dijo—. Es un archivo.
—Un lugar donde se guarda lo que no conviene cerrar del todo.
Abrí los ojos de golpe.
—Eso es absurdo.
—¿Lo es? —preguntó—. ¿O solo te resulta incómodo ahora que estás dentro?
Pensé en el psicólogo desaparecido. En el pasillo sin cámaras. En la interferencia “técnica”.
—¿Qué quieres de mí? —repetí, cansada.
—Que no vuelvas a callarte —respondió—. Porque esta vez no eres la única que puede caer.
La llamada se cortó sin despedida.
Me quedé mirando el teléfono apagado, con una certeza helada creciendo en el pecho: Marco no estaba actuando solo. Nunca lo había estado.
Al día siguiente, al llegar a San Marcos, encontré mi oficina abierta.
Nada parecía fuera de lugar, pero algo había cambiado. El cajón inferior de mi escritorio estaba entreabierto. Lo cerré con cuidado, como si pudiera borrar el gesto.
Sobre la mesa había una carpeta que no era mía.
Sin remitente.
Sin sellos.
Dentro, una sola hoja.
ENTREVISTA — INTERNO 0417
Fecha: hace 6 años
Evaluador: E. R.
Mi nombre.
El pulso me tembló al pasar la página.
No recordaba haber trabajado allí entonces. No recordaba a Marco. No recordaba nada de eso.
Pero mi firma estaba al final.
Escuché pasos en el pasillo. Voces. Rutina. Normalidad.
Me senté despacio.
Había dos opciones: asumir que todo aquello era una manipulación imposible…
o aceptar algo mucho peor.
Que la zona muerta no era un lugar.
Era un período.
Y que yo ya había estado en San Marcos antes.
Solo que entonces,
decidí no recordar.