La firma
La hoja temblaba entre mis dedos.
Reconocí la firma al instante. La inclinación leve hacia la derecha. El trazo final más largo de lo necesario. Siempre firmaba así cuando estaba cansada. O cuando quería terminar rápido.
Pero yo no recordaba haber estado en San Marcos seis años atrás.
Me obligué a leer el informe completo.
Lenguaje técnico. Preciso. Frío.
No había emociones, ni dudas. Solo conclusiones.
El interno presenta una capacidad inusual para detectar vacíos narrativos en terceros. No miente; espera. Su estrategia no es la confrontación, sino la erosión.
Tragué saliva.
Eso era exactamente lo que estaba haciendo ahora.
Pasé la página.
El evaluado no busca reducir su condena. Busca validación retrospectiva. Necesita que alguien confirme que la decisión tomada aquella noche fue correcta.
Mis manos se helaron.
—¿Qué noche…? —susurré.
—La que decidiste olvidar.
Levanté la cabeza de golpe.
Marco estaba de pie en la puerta de la oficina.
No esposado.
No acompañado.
Como si ese espacio también fuera suyo.
—Esto es una violación absoluta —dije, levantándome—. Sal de aquí ahora mismo.
—Tranquila —respondió—. Nadie te va a ver. Esta oficina también es una zona muerta.
—¿Cómo entraste?
—Igual que tú la primera vez.
Negué con la cabeza.
—Yo nunca estuve aquí antes.
Marco ladeó la cabeza, observándome con algo parecido a compasión.
—Eso te dijiste después —corrigió—. Pero sí estuviste.
—Y fuiste tú quien pidió que me trasladaran aquí.
El aire se volvió denso.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué yo?
Marco dio un paso adelante, sin cruzar del todo el umbral.
—Porque tú no me juzgaste —dijo—.
—Solo me preguntaste si podría vivir con ello.
Sentí un vértigo repentino.
—¿Con qué?
Marco sonrió. No como antes. Esta vez no había cálculo. Solo cansancio.
—Con haberme quedado callado —respondió—.
—Igual que tú.
Mi mente empezó a reconstruir fragmentos sueltos: un despacho distinto, más pequeño; una versión más joven de mí; un hombre sentado frente a mí que no parecía peligroso, solo atento.
—¿Qué hicimos? —pregunté en voz baja.
—Lo mismo que ahora —dijo Marco—. Postergamos.
Miré el informe otra vez. Entendí algo que me hizo sentir náuseas.
—¿Borraron mi memoria? —susurré.
Marco negó.
—No —dijo—. Tú pediste no saber.
—San Marcos solo facilitó el silencio.
Un golpe seco resonó en el pasillo.
Pasos. Voces.
Marco retrocedió un paso.
—No tienes mucho tiempo —añadió—. Ya empezaron a notar que estás recordando.
—¿Recordar qué?
Marco me sostuvo la mirada con intensidad.
—Que aquella noche —dijo—, no fue un accidente.
—Fue una elección colectiva.
La puerta se cerró detrás de él sin ruido.
Me quedé sola, con la carpeta abierta y una verdad a medio formar golpeando con fuerza.
No era solo mi culpa.
No era solo su crimen.
Había más personas que sabían.
Más personas que callaron.
Más personas que eligieron la zona muerta.
Y ahora, alguien había decidido que ya era suficiente.
Miré la firma una vez más.
Era mía.
Y por primera vez, entendí el verdadero motivo por el que Marco no quería salir de prisión.
Porque fuera de San Marcos,
la verdad no tenía paredes.