La Asamblea
La ausencia del amo dejó un vacío más pesado que su presencia.
Durante las primeras horas nadie sabía qué hacer. La granja seguía allí: los campos necesitaban ararse, las vacas debían ordeñarse, las gallinas poner huevos. La libertad no eliminaba las tareas.
Pero algo era diferente.
Ahora no había órdenes.
Aurelio convocó a todos al centro del corral al atardecer.
—Si queremos que esto funcione —dijo—, debemos decidir juntos.
La palabra “juntos” parecía hermosa. Nueva. Prometedora.
Los animales se acomodaron en círculo. Por primera vez, no había jerarquía visible. Ninguno estaba sobre una tarima ni bajo una sombra privilegiada.
Un cerdo joven, llamado Baltor, tomó la palabra.
—Necesitamos reglas claras —dijo con voz firme—. Sin reglas, habrá caos.
Las ovejas asintieron con rapidez.
El burro habló desde el fondo:
—Las reglas deben proteger a todos. No a unos pocos.
Baltor sonrió ligeramente.
—Exactamente.
Se acordó que cada decisión importante se discutiría en asamblea. Que el trabajo se repartiría equitativamente. Que nadie recibiría más comida que otro.
Las frases sonaban nobles.
“Todos valemos lo mismo.”
“Nadie estará por encima.”
“La granja será de todos.”
Se escribieron en una vieja pared del establo con pintura roja.
Aquella noche hubo entusiasmo. Las vacas trabajaron voluntariamente. Las gallinas compartieron grano. El perro, ahora libre, vigiló el perímetro sin orden alguna.
Durante días, la cooperación funcionó.
Pero pronto apareció el primer obstáculo: organizarlo todo requería tiempo. Y tiempo era trabajo perdido.
Baltor propuso algo nuevo.
—Algunos debemos encargarnos de planificar —explicó—. No todos pueden estar en el campo y en la administración.
La palabra administración resultaba extraña.
—¿Quién decide quién planifica? —preguntó el burro.
—La asamblea —respondió Baltor sin dudar.
Y así fue.
Se eligió un pequeño Consejo para coordinar tareas. La mayoría eran cerdos, pues sabían leer mejor que otros.
Era práctico. Era lógico.
Era el inicio de algo que nadie percibió como peligroso.
El Consejo comenzó a reunirse por separado para “agilizar decisiones”. Las asambleas se volvieron más breves.
—Es por eficiencia —decían.
Y era cierto… en parte.
Los días pasaban y la granja prosperaba. Había orden. Había producción.
Pero lentamente, las decisiones llegaban ya resueltas.
La asamblea votaba.
Siempre aprobaba.
No porque estuviera obligada.
Sino porque confiaba.
La igualdad seguía escrita en la pared.
Pero el poder empezaba a concentrarse.
Y cuando el poder comienza a organizarse, la libertad empieza a transformarse.
Nadie lo notó aún.
La revolución seguía viva.
Pero ya no era completamente horizontal.
Y en la esquina del establo, las palabras rojas empezaban a parecer menos brillantes.