El Consejo Central

Capítulo 5 • 15 Feb 2026 1 vistas 2 min

Con el paso de las semanas, el Consejo dejó de ser simplemente un grupo organizador.

Ahora tenía nombre oficial: Consejo Central del Corral.

El título fue propuesto por Baltor.

—Necesitamos identidad institucional —dijo con solemnidad—. No somos un grupo improvisado. Somos el órgano que protege la revolución.

Las ovejas repitieron la frase al día siguiente como si siempre hubiera existido.

Órgano que protege la revolución.

El Consejo comenzó a reunirse dentro del antiguo granero del amo. No porque buscaran privilegio —al menos no era así como lo explicaban—, sino porque “la concentración exige aislamiento”.

El burro fue el primero en notarlo.

—Antes decidíamos a la vista de todos —comentó en voz baja.

—Antes no teníamos responsabilidades tan complejas —respondió Baltor con paciencia estudiada.

Las decisiones comenzaron a fluir con mayor rapidez. Turnos de trabajo, raciones, distribución de tareas. Todo estaba mejor organizado.

Más eficiente.

Pero también menos discutido.

Una tarde, el Consejo anunció una medida extraordinaria.

—El almacenamiento de alimento estará bajo supervisión exclusiva del Consejo —informó Baltor—. Así evitamos desperdicios.

—¿Desperdicios de quién? —preguntó una vaca.

—Del desorden —respondió él sin perder la calma.

Desde ese día, el acceso al granero quedó restringido.

No hubo oposición abierta. La mayoría entendía que la organización era necesaria.

La producción aumentó.

El orden se fortaleció.

Pero también apareció algo nuevo: la distancia.

El Consejo ya no comía en el mismo espacio que el resto. “Por cuestiones de planificación”, explicaban. Tampoco trabajaban físicamente en el campo.

El perro libre, ahora más robusto, comenzó a acompañar a los miembros del Consejo en sus desplazamientos.

No era amenaza.

Era protección institucional.

Una mañana, las reglas en la pared cambiaron otra vez.

La cuarta norma ya no decía:
“Nadie tendrá privilegios especiales.”

Ahora decía:
“Nadie tendrá privilegios injustificados.”

La diferencia parecía sutil.

Pero el significado era profundo.

El privilegio ya no era imposible. Solo debía justificarse.

Y ¿quién decidía qué era justo?

El Consejo Central.

El burro observó la pared largo rato.

No dijo nada.

Porque el cambio no era abrupto. No era brutal.

Era lógico.

Progresivo.

Razonable.

La granja seguía funcionando. Incluso mejor que antes.

Pero algo invisible comenzaba a consolidarse.

La revolución seguía viva.

Solo que ahora tenía dirección única.

Y cuando la dirección se concentra, la igualdad empieza a inclinarse.

Sin que nadie sienta el movimiento.

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