El Enemigo Invisible

Capítulo 6 • 15 Feb 2026 2 vistas 2 min

El orden trajo estabilidad.
La estabilidad trajo confianza.
Y la confianza trajo algo inesperado: miedo.

No miedo evidente. No pánico.
Un miedo sutil.

Una mañana, el Consejo Central convocó a asamblea urgente.

Baltor habló con gravedad inusual.

—Hemos detectado señales de sabotaje.

Un murmullo recorrió el corral.

—¿Sabotaje? —repitieron las ovejas.

—Sí. Grano mal distribuido. Herramientas fuera de lugar. Rumores que debilitan la unidad.

Nadie sabía exactamente a qué se refería. Pero la palabra sabotaje era poderosa.

El perro del Consejo permanecía de pie junto a Baltor. Ya no parecía solo un vigilante. Era símbolo.

—La revolución está siendo atacada desde dentro —continuó Baltor—. Y cuando la amenaza es interna, debemos ser más firmes.

El concepto de enemigo cambió ese día.

Ya no era el amo expulsado.
Era algo indefinido. Invisible.

—¿Quién es el enemigo? —preguntó una gallina.

Baltor la miró fijamente.

—Quien cuestione la estabilidad del corral.

El silencio fue inmediato.

Nadie quería parecer desestabilizador.

Se aprobó una nueva medida: el Consejo podría investigar conductas sospechosas. También se establecerían turnos de vigilancia nocturna.

—No es desconfianza —aclaró Baltor—. Es prevención.

Desde entonces, las conversaciones disminuyeron. Las críticas se transformaron en susurros.

El burro notó algo preocupante.

La palabra “duda” comenzó a asociarse con “traición”.

Una tarde, una oveja fue señalada por haber preguntado por qué las raciones habían disminuido ligeramente.

No fue castigada.
Solo “orientada”.

El Consejo explicó que la reducción era temporal, necesaria para fortalecer reservas estratégicas.

La explicación era lógica.

Pero el efecto fue claro.

Preguntar generaba sospecha.

Y cuando preguntar se vuelve peligroso, el poder ya no necesita imponerse con fuerza.

Se impone con narrativa.

Las reglas en la pared permanecían casi iguales. Apenas pequeños ajustes en la redacción.

“Todos los animales son iguales, en dignidad y función, dentro del orden revolucionario.”

El añadido parecía técnico.

Pero el orden ahora precedía a la igualdad.

El enemigo invisible cumplía una función esencial:
unificar a través del temor.

No se veía.
No tenía rostro.
Pero justificaba decisiones extraordinarias.

El corral estaba más disciplinado que nunca.

Más silencioso.

Más obediente.

Y el miedo, aunque nadie lo nombrara, comenzaba a convertirse en herramienta.

La revolución seguía intacta en discurso.

Pero en el fondo del establo, algo ya no se parecía a libertad.

Y nadie sabía exactamente cuándo había cambiado.

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