El despertar del cilindro
El silencio no duró mucho.
Apenas el cilindro terminó de abrirse, el aire alrededor pareció volverse más pesado, como si el mundo contuviera la respiración. Nadie habló. Nadie se movió. Decenas de personas observaban aquel objeto imposible con una mezcla de fascinación y terror, incapaces de apartar la mirada.
Desde el interior surgió un vapor espeso, caliente, con un olor metálico que irritaba los pulmones. Algunos retrocedieron instintivamente. Otros, dominados por la curiosidad, permanecieron en su lugar.
Entonces apareció.
No caminó.
No salió como un ser vivo debería hacerlo.
Se deslizó.
Una masa informe, sostenida por tentáculos flexibles, con una cabeza enorme y húmeda que parecía palpitar al ritmo de una respiración desconocida. No tenía rostro humano. No tenía ojos como los nuestros. Y aun así… era evidente que veía.
Los primeros gritos rompieron el silencio.
Alguien cayó al suelo. Otro comenzó a correr. La multitud, que minutos antes observaba con interés científico, se transformó en una masa caótica dominada por el pánico. Pero ya era tarde.
La criatura avanzó lentamente, explorando su entorno con movimientos calculados. No había prisa en ella. No había emoción. Solo una fría certeza de superioridad.
Y entonces, el rayo apareció.
Un destello ardiente cruzó el aire, silencioso y devastador. Donde tocaba, no quedaba nada. Personas, estructuras, tierra… todo se desintegraba en un instante, reducido a cenizas antes incluso de poder reaccionar.
No era un arma humana.
No era una explosión.
Era algo completamente distinto.
La gente corría sin rumbo, tropezando, gritando, empujándose unos a otros en un intento desesperado por escapar. Pero no había escape. El campo abierto se convirtió en una trampa mortal.
En cuestión de minutos, el lugar quedó desierto.
El cilindro ya no estaba solo. Más luces caían del cielo a lo lejos. Más impactos. Más señales de que aquello no era un evento aislado.
No había duda alguna.
La invasión había comenzado.
Y la humanidad acababa de perder su primer encuentro.