El arma que nadie pudo detener

Capítulo 3 • 22 Ene 2026 8 vistas 2 min

Al amanecer, el paisaje ya no era reconocible.

Donde antes había campos, caminos y casas dispersas, ahora solo quedaban marcas negras en la tierra. El aire estaba cargado de humo y un silencio antinatural cubría la zona, como si incluso los pájaros hubieran entendido que no debían cantar.

Las autoridades reaccionaron tarde, pero reaccionaron.

Soldados llegaron al lugar con armas, vehículos y una confianza heredada de siglos de dominio. El ser humano había librado muchas guerras y siempre había encontrado la forma de imponerse. Esta no parecía distinta. O eso creían.

Desde la distancia, observaron a las criaturas moverse dentro de enormes máquinas metálicas que habían emergido de los cilindros. Trípodes gigantescos se alzaban sobre el terreno, avanzando con pasos lentos pero firmes, aplastando todo a su paso.

No eran simples máquinas.
Eran extensiones vivas de quienes las controlaban.

Cuando llegó la orden de atacar, los cañones dispararon sin dudar. El estruendo retumbó por kilómetros. Las explosiones levantaron tierra, fuego y fragmentos de metal. Durante unos segundos, pareció que la humanidad había logrado algo.

Pero el humo se disipó.

Las máquinas seguían ahí. Intactas.

Un murmullo de incredulidad recorrió las filas humanas. Algunos recargaron. Otros dudaron. Ninguna de las armas parecía causar daño alguno. Era como disparar contra un dios.

Entonces, los trípodes respondieron.

El rayo ardiente volvió a aparecer, barrido de un lado a otro con una precisión aterradora. Las líneas de soldados desaparecieron en segundos. Los vehículos se derritieron como si fueran de cera. No hubo combate. No hubo resistencia real.

Fue una ejecución.

La noticia se propagó más rápido que las criaturas. Ciudades enteras comenzaron a evacuar, carreteras colapsaron y el miedo se extendió como una enfermedad. Nadie hablaba ya de victoria. Solo de huida.

Por primera vez en su historia moderna, la humanidad comprendió algo devastador:

No estaba luchando contra un enemigo.
Estaba presenciando su propia obsolescencia.

Y mientras los trípodes avanzaban hacia los centros urbanos, una certeza se instaló en cada mente que aún podía pensar con claridad:

Nada de lo que conocíamos estaba preparado para detenerlos.

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