La caída de las ciudades
Las ciudades no estaban hechas para huir.
Calles diseñadas para el orden se transformaron en laberintos de desesperación. Automóviles detenidos, trenes colapsados, personas corriendo sin dirección, cargando lo que podían, abandonando lo que no. El mundo moderno, tan seguro de su estructura, se desmoronó en cuestión de horas.
Desde los edificios más altos, algunos alcanzaron a verlos.
Los trípodes avanzaban como sombras gigantes, recortados contra el cielo gris. Cada paso hacía temblar el suelo. Cada movimiento era un recordatorio brutal de que aquello no era una amenaza lejana, sino una presencia real, imparable, avanzando directo al corazón de la civilización.
Las sirenas no dejaron de sonar.
Luego se apagaron.
El rayo ardiente atravesó barrios completos. Las fachadas se derrumbaron, los puentes cedieron, los símbolos de progreso se convirtieron en ruinas humeantes. No había objetivos militares. No había estrategia humana que comprender. Las máquinas destruían sin distinción, como si la ciudad misma fuera un error que debía ser borrado.
La gente buscó refugio donde pudo: estaciones subterráneas, sótanos, túneles, iglesias. Algunos rezaban. Otros gritaban. Muchos solo se quedaban en silencio, abrazando a quienes aún estaban vivos.
Desde dentro de un edificio semiderruido, el narrador observó cómo una avenida entera desaparecía en segundos. No hubo explosión. Solo luz… y nada después. El mundo no ardía. Simplemente se apagaba.
Los gobiernos dejaron de emitir mensajes claros. Las transmisiones se interrumpían, las señales caían, las voces se volvían incoherentes. Nadie parecía tener control de nada. La idea de autoridad se volvió un recuerdo inútil.
Aquella noche, la ciudad ya no existía.
Solo quedaban ruinas, humo y una multitud de sobrevivientes dispersos, comprendiendo lentamente una verdad insoportable: no habría rescate inmediato. No habría contraataque milagroso.
La humanidad estaba sola.
Y mientras las máquinas alienígenas se detenían brevemente, como si evaluaran su obra, una pregunta comenzó a repetirse en la mente de quienes aún respiraban:
Si esto es solo el comienzo…
¿qué vendrá después?