Huida sin destino
No hubo un plan.
Solo movimiento.
Las carreteras se llenaron de personas que avanzaban como podían, empujadas por el miedo más puro. Algunos iban a pie, otros en vehículos abarrotados, muchos cargando niños dormidos, ancianos agotados o simples mochilas con lo poco que alcanzaron a rescatar. Nadie sabía exactamente a dónde ir. Solo sabían que quedarse significaba morir.
El sonido de los trípodes se escuchaba a lo lejos: un retumbar metálico, constante, imposible de confundir. Cada vez que ese sonido se acercaba, la multitud cambiaba de dirección, se dispersaba, se rompía en fragmentos humanos que corrían sin mirar atrás.
La noche cayó sin compasión.
Sin electricidad, sin luces, sin señales claras. El cielo se iluminaba solo cuando el rayo ardiente aparecía en la distancia, marcando el final de algún otro lugar que jamás volvería a ser nombrado. Cada destello era una advertencia silenciosa: todavía vienen.
En el camino, la humanidad mostró su verdadero rostro.
Hubo quienes compartieron agua.
Hubo quienes abandonaron a otros para salvarse.
Hubo gritos, peleas, súplicas… y silencios más terribles que cualquier explosión.
El narrador avanzaba entre desconocidos que, por unas horas, se volvieron compañeros de destino. Nadie preguntaba nombres. No hacía falta. Todos sabían que podían desaparecer en cualquier momento.
Al amanecer, el grupo llegó a un campo abierto. Pensaron que allí estarían a salvo. Sin edificios. Sin estructuras que atrajeran la atención. Un error que muchos ya habían cometido antes.
Desde la colina, uno de ellos los vio primero.
Los trípodes.
Eran más de uno. Mucho más cerca de lo que imaginaban. Se movían con calma, como cazadores seguros de que la presa no puede escapar. El suelo vibró. El aire se volvió pesado. El pánico regresó con una fuerza renovada.
La multitud se rompió otra vez.
Cada persona eligió un camino distinto, impulsada por un instinto básico: vivir un minuto más. No hubo despedidas. No hubo promesas. Solo huida.
Mientras corría, el narrador comprendió algo con claridad brutal:
La civilización no se había derrumbado por la invasión.
Se había derrumbado porque estaba construida sobre la ilusión de control.
Y esa ilusión había muerto.