El mundo en ruinas

Capítulo 6 • 22 Ene 2026 8 vistas 2 min

El mundo no terminó de golpe.
Se fue apagando.

Tras días de huida constante, el silencio comenzó a imponerse. No el silencio de la paz, sino uno más inquietante: el de los lugares abandonados. Casas abiertas, mesas aún servidas, relojes detenidos a la misma hora. Todo parecía congelado en el instante exacto en que la humanidad decidió correr.

El narrador avanzaba solo.

Las multitudes habían desaparecido. Las carreteras estaban vacías, cubiertas de restos inútiles: maletas rotas, juguetes, ropa abandonada. Cada objeto contaba una historia que nadie terminaría de escuchar.

Las ciudades, vistas desde la distancia, eran esqueletos. Columnas de humo se elevaban lentamente, como señales tardías de auxilio que ya no tenían destinatario. No había ejército. No había autoridades. Solo ruinas y ecos.

En un pueblo semidestruido encontró refugio temporal. Una casa pequeña, milagrosamente intacta, ofrecía techo y sombra. Dentro, el polvo cubría todo. Fotografías familiares colgaban torcidas en las paredes. Personas que habían creído que ese lugar sería seguro.

No lo fue.

Por primera vez desde el inicio de la invasión, el narrador se detuvo. Comió en silencio. Bebió con cautela. Escuchó su propia respiración. Afuera, ningún sonido humano. Solo el viento… y, muy lejos, el retumbar ocasional de las máquinas.

Allí comprendió algo esencial:
los invasores no tenían prisa.

Avanzaban cuando querían. Destruían cuando lo consideraban necesario. El planeta entero parecía ya suyo. La humanidad no era un enemigo digno, solo un obstáculo temporal.

La noche trajo consigo pensamientos más oscuros que cualquier rayo ardiente. ¿Cuánto tiempo podría sobrevivir una persona sola? ¿Valía la pena seguir avanzando? ¿Existía algún lugar que no hubiera sido alcanzado?

Desde una colina cercana, el narrador observó el horizonte. A lo lejos, una torre humana caía lentamente, vencida por el paso de un trípode. No hubo fuego esta vez. Solo fuerza. Como si la destrucción ya no necesitara espectáculo.

El mundo seguía ahí.
Pero ya no pertenecía a quienes lo habían construido.

Y en medio de esas ruinas silenciosas, una idea aterradora comenzó a tomar forma:

Tal vez la invasión no necesitaba exterminar a la humanidad.
Tal vez solo necesitaba demostrarle lo pequeña que siempre había sido.

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