Bajo tierra
El refugio no fue una elección.
Fue una rendición.
La entrada estaba oculta entre escombros y raíces expuestas, apenas visible para quien supiera qué buscar. Un sótano antiguo, parte de una construcción olvidada, ofrecía algo que el mundo exterior ya no podía dar: oscuridad. Y en ese momento, la oscuridad significaba supervivencia.
El narrador descendió con cuidado. Cada paso crujía demasiado fuerte. Cada sonido parecía una invitación al desastre. Abajo, el aire era denso y húmedo, cargado de un olor a tierra vieja y metal oxidado. Pero no había rayo ardiente. No había máquinas. Solo silencio.
Allí abajo, el tiempo comenzó a deformarse.
Horas y días se confundieron. La luz entraba apenas por una grieta en el techo, suficiente para distinguir el amanecer del anochecer. El mundo exterior seguía existiendo, pero solo a través de vibraciones lejanas y golpes sordos que hacían temblar las paredes.
A veces, el sonido de los trípodes pasaba tan cerca que el polvo caía del techo como una lluvia fina. En esos momentos, el narrador contenía la respiración, convencido de que cualquier movimiento podría delatar su presencia.
No estaba solo.
En la penumbra, descubrió a otro sobreviviente: un hombre delgado, con la mirada rota y las manos temblorosas. No intercambiaron nombres. No era necesario. Compartían el mismo miedo. El mismo encierro. La misma certeza de que el mundo había cambiado para siempre.
Hablaron poco. Cuando lo hicieron, fue en susurros. Historias fragmentadas, recuerdos inútiles de una vida anterior que ahora parecía pertenecer a otra persona. Afuera, la humanidad había perdido su lugar. Adentro, la mente comenzaba a resquebrajarse.
El encierro no solo protegía del enemigo.
También lo invitaba.
Los pensamientos se volvían circulares. La paranoia crecía. Cada ruido parecía distinto. Cada silencio, sospechoso. El verdadero peligro ya no estaba solo arriba… estaba dentro de la cabeza.
Una noche, los sonidos cambiaron.
No hubo pasos. No hubo rayos. Solo un zumbido bajo, constante, que atravesaba la tierra misma. Algo nuevo estaba ocurriendo en la superficie. Algo que ninguno de los dos entendía… pero que ambos sintieron como una advertencia.
El mundo no solo estaba siendo conquistado.
Estaba siendo transformado.
Y bajo tierra, sin información y sin control, el narrador comprendió una verdad inquietante:
Sobrevivir no era lo mismo que vivir.
Y tal vez, cuando todo terminara, ya no habría un lugar al cual regresar.