El cambio del enemigo
El silencio volvió a ser distinto.
No era la ausencia total de sonido, sino una pausa cargada de algo nuevo. Durante días, el narrador había aprendido a reconocer el mundo por vibraciones: el paso pesado de los trípodes, el zumbido lejano de sus armas, el temblor sutil de la tierra cuando destruían sin esfuerzo. Pero ahora… algo no encajaba.
Arriba, el retumbar se volvió irregular.
A veces cesaba por completo. Otras, aparecía de forma errática, como si las máquinas dudaran. El zumbido constante que antes dominaba el aire se interrumpía con silencios prolongados. Era inquietante. Más inquietante que la certeza del peligro.
El otro sobreviviente fue el primero en notarlo. Señaló la grieta por donde entraba la luz y susurró una palabra que nadie había pronunciado desde el inicio de la invasión:
—Problemas.
Con cautela, el narrador se acercó a la abertura. Afuera, el cielo seguía gris, pero la escena había cambiado. A lo lejos, uno de los trípodes permanecía inmóvil, inclinado de una forma antinatural. No avanzaba. No destruía. Simplemente… estaba ahí.
Horas después, vieron otro.
Y luego otro más.
Las máquinas que habían parecido dioses ahora mostraban fallas. Algunas se movían con torpeza. Otras se detenían por completo. En ciertos lugares, columnas metálicas yacían caídas, vencidas no por armas humanas, sino por algo invisible.
Los invasores seguían siendo letales, pero ya no perfectos.
El narrador sintió una emoción peligrosa abrirse paso entre el miedo: esperanza. Una chispa mínima, frágil, que no se atrevía a crecer del todo. Nadie sabía qué estaba ocurriendo. Nadie entendía por qué aquellas entidades, tan superiores, comenzaban a fallar.
Quizás el planeta no los aceptaba.
Quizás habían subestimado algo esencial.
El aire mismo parecía volverse contra ellos. Las criaturas se movían menos. Sus acciones eran más lentas. Como si la Tierra, silenciosa y paciente, estuviera cobrando una deuda antigua.
Aun así, nadie celebró.
El narrador lo entendió antes que muchos: un enemigo herido sigue siendo un enemigo. Y el mundo seguía destruido. Las ciudades no volverían. Los muertos no regresarían. Nada garantizaba que aquella debilidad fuera el final.
Pero por primera vez desde que las luces cayeron del cielo, la humanidad no estaba solo huyendo.
Estaba observando.
Y en ese acto, tan simple y tan poderoso, nació una posibilidad impensable días atrás:
Tal vez la guerra aún no estaba decidida.
Tal vez el invasor también podía perder.