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La mentira de la igualdad

Capítulo 1 • 06 Feb 2026 2 vistas 3 min

Nadie nace vacío.

Eso fue lo primero que entendí cuando empecé a mirar a la gente sin el filtro de lo “correcto”. Sin el discurso aprendido. Sin el manual social que nos repiten desde niños para que todo encaje.

Nadie nace vacío… y nadie nace igual.

Nos enseñan lo contrario. Nos lo graban como una verdad sagrada: “Todos somos iguales. Todos podemos ser lo mismo. Todos debemos convivir de la misma forma.” Suena bonito. Suena justo. Suena civilizado.

Pero la naturaleza no funciona con frases bonitas.

En el reino animal hay aves, sí. Pero dentro de las aves hay mundos completos. Un águila no es un buitre. Un búho no es un gorrión. Un cóndor no vive como una paloma. No porque uno sea “mejor” o “peor”, sino porque cada uno cumple una función distinta. Cada uno nace con una estructura interna diferente: instinto, hambre, mirada, paciencia, velocidad.

Nadie obliga a un águila a alimentarse de carroña. Nadie le pide a un buitre que cace como si fuera un depredador limpio. Nadie se sorprende cuando un lobo actúa como lobo. Nadie lo cancela por no comportarse como un ciervo.

La naturaleza es cruel, sí. Pero también es honesta.

El humano, en cambio, es un animal que aprendió a mentir con elegancia.

Nos disfrazamos. Nos adaptamos. Sonreímos donde no sentimos. Decimos “está todo bien” mientras por dentro estamos diseñados para otra cosa. Forzamos la mezcla. Forzamos la convivencia. Forzamos la moral como una camisa apretada sobre un cuerpo que no fue hecho para esa talla.

Y al final, cuando algo explota, actuamos sorprendidos.

Con los años empecé a notar patrones. No simples “personalidades”, sino naturalezas. Gente que nace para dominar y gente que nace para obedecer. Gente que protege y gente que observa. Gente que aprovecha, gente que guía, gente que aguanta. No es un juego de buenos y malos. Es un mapa. Un ecosistema.

El problema no es que existan depredadores.

El problema es fingir que no existen.

El problema es criar presas en un mundo que premia la caza. Es pedirle a un búho que haga ruido para ser aceptado. Es obligar a un águila a caminar en manada para no incomodar. Es decirle al lobo que la lealtad es ingenua mientras el buitre se ríe desde arriba, esperando el momento exacto para caer.

Nos dijeron que negar la diferencia nos haría mejores.

Pero negar la naturaleza solo la vuelve más peligrosa.

Porque lo que se reprime no muere. Se transforma.

Y tarde o temprano, sale.

Sale en forma de ansiedad, en forma de traición, en forma de abuso, en forma de resentimiento. Sale como violencia silenciosa, como competencia disfrazada de amistad, como alianzas falsas, como parejas que se destruyen, como equipos de trabajo que se devoran por dentro.

La sociedad moderna no está rota porque la gente sea mala.

Está rota porque exige que todos finjan ser la misma criatura.

Y esa es la primera ley que nadie quiere admitir:

No todos nacimos para vivir igual.
No todos nacimos para mezclar nuestra naturaleza con cualquiera.
No todos nacimos para encajar.

La pregunta real no es si somos iguales.

La pregunta real es:
¿qué pasa cuando obligas a una naturaleza a vivir como otra?

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