Volver a la naturaleza
La naturaleza no castiga.
La naturaleza ajusta.
Esa es la verdad que más cuesta aceptar, porque nos quita el papel de víctimas y nos devuelve la responsabilidad. Nada en la naturaleza es personal, pero todo es consecuencia. No hay rencor. No hay juicio. Solo equilibrio… o su ausencia.
El ser humano es el único animal que cree que puede vivir contra su instinto sin pagar el precio. El único que piensa que puede rediseñarse a voluntad, ignorar su estructura interna y aun así mantenerse intacto. Esa creencia es el origen de casi todo nuestro sufrimiento moderno.
No enfermamos porque la vida sea dura.
Enfermamos porque vivimos desalineados.
Creamos sistemas que recompensan la negación del instinto y luego nos sorprendemos cuando aparecen la ansiedad, la violencia, la depresión, la traición, el vacío. No son fallas individuales. Son síntomas colectivos de una ley ignorada demasiado tiempo.
La ley del instinto no habla de moral.
No dice quién es bueno o malo.
Dice quién eres… y qué ocurre cuando actúas como si no lo fueras.
Un depredador que finge ser presa se vuelve peligroso.
Una presa que finge ser depredador se destruye.
Un observador obligado a gritar se vacía.
Un protector que no pone límites se quiebra.
La sociedad llama a esto problemas personales.
La naturaleza lo llama desajuste.
Nos enseñaron a preguntarnos qué deberíamos ser,
pero nunca qué somos.
Por eso la mayoría vive en guerra consigo misma.
Por eso encajar duele.
Por eso triunfar a veces se siente como perder.
Por eso tantas personas sienten que viven una vida que no les pertenece.
La ley del instinto no se puede negociar.
No se puede votar.
No se puede cancelar.
Puedes ignorarla durante años.
Puedes maquillarla con discursos.
Puedes anestesiarla con rutina, consumo o validación externa.
Pero siempre cobra.
No con castigos espectaculares, sino con desgaste lento.
Con una vida que se siente ajena.
Con relaciones que no nutren.
Con una paz que nunca llega.
Volver a la naturaleza no es volver a la selva.
Es volver a la honestidad interna.
Es aceptar que no todos nacimos para lo mismo.
Que no todos debemos convivir igual.
Que no toda diferencia es injusticia.
Que no toda separación es odio.
A veces, separarse es salud.
A veces, decir no es equilibrio.
A veces, dejar de encajar es sobrevivir.
La ley del instinto no promete felicidad.
Promete coherencia.
Y la coherencia, aunque incómoda, es el único terreno donde una vida deja de sentirse como una traición silenciosa.
Puedes desafiar la cultura.
Puedes romper normas.
Puedes cambiar sistemas.
Pero hay una cosa que nunca podrás vencer:
La naturaleza que eres.
Porque al final, cuando todo se cae,
cuando ya no queda discurso, ni rol, ni máscara,
solo queda una pregunta simple y brutal:
¿Viviste según tu instinto… o pasaste la vida huyendo de él?