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El error de mezclarnos

Capítulo 3 • 06 Feb 2026 1 vistas 3 min

Durante años nos dijeron que mezclarnos era evolución.
Que unir naturalezas distintas siempre produciría algo mejor.
Que el conflicto era solo falta de diálogo.
Que el choque era una oportunidad de crecimiento.

Pero la naturaleza nunca funcionó así.

En ningún ecosistema sano se fuerza la convivencia sin consecuencias. Cada especie tiene su territorio, su ritmo, su forma de cazar, de huir, de vivir. Cuando esos límites se rompen, no aparece la armonía. Aparece el colapso.

El ser humano decidió ignorar esa ley.

Empezamos a llamar normal a lo antinatural.
A celebrar mezclas que generan desgaste.
A romantizar relaciones que drenan.
A sostener sistemas donde unos siempre pierden para que otros siempre ganen.

Y cuando alguien no encaja, no cuestionamos el sistema.
Cuestionamos al individuo.

El águila es tachada de arrogante por no caminar con el grupo.
El búho es invisible porque no grita.
El lobo es usado hasta agotarse por su lealtad.
El cordero es culpado por no saber defenderse.
El buitre, en cambio, aprende rápido cómo fingir normalidad.

Porque el oportunismo se adapta mejor que la honestidad.

El error no está en convivir.
Está en forzar la mezcla sin reconocer la naturaleza.

Relaciones que no deberían existir se mantienen por miedo a estar solos.
Equipos se arman sin compatibilidad, solo por conveniencia.
Familias exigen roles que no corresponden.
Sociedades completas funcionan sobre la negación del instinto.

Y la factura siempre llega.

Llega en forma de frustración crónica.
De personas que se sienten defectuosas sin saber por qué.
De adultos agotados que creen haber fallado, cuando en realidad fueron colocados en un ecosistema incorrecto.

El sistema nos repite que adaptarse es madurar.
Pero hay una diferencia brutal entre adaptación y traición a uno mismo.

Adaptarse es aprender a moverse dentro de tu naturaleza.
Traicionarte es fingir que no existe.

Cuando obligas a una presa a vivir entre depredadores, no la vuelves fuerte. La vuelves ansiosa.
Cuando obligas a un depredador a fingir docilidad constante, no lo civilizas. Lo vuelves peligroso.
Cuando obligas a todos a convivir bajo la misma regla, no creas igualdad. Creas desgaste silencioso.

La mezcla forzada no elimina el instinto.
Solo lo empuja hacia formas más oscuras.

Por eso las traiciones sorprenden.
Por eso la violencia estalla sin aviso.
Por eso la gente dice “nunca lo vi venir”.

La naturaleza siempre avisa.
Somos nosotros los que decidimos no escuchar.

Y ese es el verdadero error:
creer que podemos diseñar la sociedad ignorando aquello que nos habita desde antes de aprender a hablar.

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