El instinto reprimido
Nada desaparece por negarlo.
Esa es la mentira más peligrosa que aprendimos como sociedad: creer que si algo no se nombra, deja de existir. Que si un impulso es incómodo, basta con cubrirlo de normas, discursos y corrección social para neutralizarlo.
El instinto no funciona así.
El instinto reprimido no muere.
Se acumula.
Se guarda en silencios largos.
En sonrisas tensas.
En decisiones que no se sienten propias.
En vidas que se viven como un papel mal asignado.
Cuando una naturaleza es obligada a actuar como otra, comienza la fractura interna. El cuerpo obedece, pero algo por dentro se resiste. No grita al principio. Espera. Aprende a esconderse. A disfrazarse de cansancio, de apatía, de ironía.
Así nacen los humanos rotos sin causa aparente.
Personas que “lo tienen todo” y aun así se sienten vacías.
Personas buenas que se vuelven crueles sin entender por qué.
Personas leales que un día traicionan.
Personas silenciosas que explotan.
No fue un cambio repentino.
Fue presión acumulada.
La sociedad celebra la represión del instinto como madurez.
Le llama autocontrol.
Le llama civilización.
Le llama éxito.
Pero confunde contención con negación.
Contener el instinto es entenderlo y dirigirlo.
Negarlo es encerrarlo.
Y todo lo que se encierra demasiado tiempo termina buscando salida.
El depredador reprimido se vuelve manipulador.
La presa reprimida se vuelve resentida.
El observador reprimido se desconecta.
El protector reprimido se quiebra.
La violencia más peligrosa no es la visible.
Es la que nace de la represión prolongada.
Por eso muchas personas no saben quiénes son.
Porque nunca se les permitió descubrirlo.
Fueron moldeadas para encajar, no para existir.
Se les enseñó a preguntar “¿qué esperan de mí?”
Nunca “¿qué soy?”
Y cuando alguien empieza a escuchar su instinto —de verdad— el sistema se incomoda.
Lo llama egoísmo.
Lo llama rebeldía.
Lo llama peligro.
Porque una persona conectada con su naturaleza deja de ser fácilmente controlable.
El instinto reprimido es la raíz de muchas tragedias modernas:
depresión, ansiedad, abuso de poder, dependencia emocional, relaciones destructivas.
No porque el instinto sea malo.
Sino porque fue negado demasiado tiempo.
Y aquí aparece una verdad incómoda:
No todos los impulsos deben eliminarse.
Algunos solo necesitan un entorno correcto.
Pero el sistema no ofrece entornos.
Ofrece moldes.
Y los moldes, cuando no coinciden con la forma real, terminan rompiendo algo.