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El despertar del instinto

Capítulo 6 • 06 Feb 2026 1 vistas 2 min

El despertar no llega como una revelación gloriosa.
No hay luces. No hay certezas inmediatas.
Llega como una incomodidad persistente, una sensación de que algo no encaja aunque “todo esté bien”.

Es el momento en que el instinto, cansado de ser ignorado, empieza a empujar desde dentro.

Al principio se manifiesta como duda.
Dudas sobre el trabajo, sobre las relaciones, sobre el rol que uno ocupa.
Luego aparece el cansancio profundo, ese que no se cura durmiendo.
Después, la pregunta peligrosa: “¿Y si esta vida no es para mí?”

La sociedad enseña a silenciar esa pregunta.
La llama crisis, inmadurez, egoísmo.
Pero en realidad, es el instinto reclamando espacio.

Despertar el instinto no significa volverse salvaje ni romper con todo. Significa reconocer la propia naturaleza y aceptar que no todos los caminos son compatibles con ella. Es un proceso incómodo porque implica dejar de mentirse.

El depredador que despierta deja de fingir docilidad.
La presa que despierta deja de exponerse ingenuamente.
El observador que despierta deja de ignorar lo que ve.
El protector que despierta deja de sacrificarse sin medida.

Ese despertar genera conflicto.
Con otros… y con uno mismo.

Porque aceptar el instinto obliga a revisar decisiones pasadas, vínculos construidos desde la negación, promesas hechas desde un rol que nunca fue propio. No todo sobrevive a esa revisión. Y eso duele.

Pero también libera.

Quien despierta empieza a elegir con más claridad. No mejor, no peor: más coherente. Empieza a entender por qué ciertos entornos lo agotaban, por qué algunas personas lo drenaban, por qué ciertos logros se sentían vacíos.

El instinto no pide destrucción.
Pide alineación.

Sin embargo, no todos están listos para escucharlo. Algunos prefieren volver a dormirlo, anestesiarlo con rutina, con validación externa, con ruido constante. Otros lo escuchan… pero no se atreven a actuar.

Porque despertar el instinto tiene un precio:
ya no puedes fingir que no sabes.

Y una vez que sabes quién eres por dentro, seguir viviendo como si no lo supieras se vuelve insoportable.

Ahí comienza la verdadera tensión de la historia:
no entre humanos distintos,
sino entre la vida que llevas
y la naturaleza que eres.

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