El precio de escucharte
Escucharte no es gratis.
Eso es lo que nadie dice cuando habla de autenticidad, de libertad o de “ser uno mismo”. Escuchar el instinto tiene un costo real, tangible, inmediato. No es una frase inspiradora. Es una ruptura.
El primer precio es la incomprensión.
Cuando empiezas a actuar desde tu naturaleza, dejas de ser predecible. Y lo impredecible incomoda. Las personas que se beneficiaban de tu adaptación empiezan a sentirse amenazadas. No porque hayas cambiado, sino porque dejaste de ceder.
Luego viene la culpa.
Una culpa aprendida, instalada durante años. La culpa de no cumplir expectativas ajenas. De no sostener roles que nunca fueron tuyos. De elegirte cuando te enseñaron que hacerlo era egoísmo.
Escucharte implica decepcionar.
Decepcionar a quienes esperaban que siguieras siendo funcional para ellos.
A quienes confundían tu silencio con acuerdo.
A quienes llamaban “equilibrio” a tu desgaste.
También está el precio de la soledad temporal.
Cuando dejas de fingir, muchos vínculos se caen solos. No porque fueran falsos, sino porque estaban sostenidos por una versión tuya que ya no existe. Y reconstruir lleva tiempo.
El instinto no promete comodidad.
Promete coherencia.
Y la coherencia, al principio, duele.
Porque escuchar tu naturaleza te obliga a ver con claridad lo que antes evitabas: trabajos que te consumen, relaciones que te encogen, decisiones que tomaste por miedo y no por convicción. No puedes desverlo. No puedes volver atrás sin romperte.
El sistema te ofrece anestesia para evitar ese precio: distracción, validación externa, ruido constante, éxito mal definido. Pero una vez que el instinto despertó, nada de eso funciona igual.
Hay quienes escuchan… y retroceden.
Prefieren pagar el precio de la negación, que es más lento pero constante.
Otros avanzan, aun sin garantías.
Porque entienden algo esencial:
Vivir contra tu naturaleza tiene un costo mayor.
Solo que se paga en cuotas invisibles.
Escucharte no te convierte en alguien mejor.
Te convierte en alguien alineado.
Y esa alineación, aunque incómoda, es el único terreno donde una vida puede dejar de sentirse como una actuación interminable.