El niño que veía relámpagos
Nikola Tesla nació en una noche de tormenta.
Mientras los truenos sacudían el cielo y los relámpagos iluminaban la oscuridad, una partera murmuró que aquel niño sería hijo de la oscuridad. Su madre respondió algo distinto, casi profético: “No, será hijo de la luz”. Nadie imaginó cuánta verdad había en esas palabras.
Desde pequeño, Tesla no percibía el mundo como los demás. Las imágenes se le aparecían con una claridad insoportable. Veía máquinas completas en su mente, girando, funcionando, perfectas, sin haberlas dibujado jamás. No eran ideas vagas: eran visiones. Detalladas. Reales.
Este don no venía sin costo. Tesla sufría episodios extraños, destellos de luz que lo cegaban por segundos, pensamientos que no podía apagar. Su mente no descansaba. Mientras otros niños jugaban, él luchaba por controlar una imaginación que parecía no pertenecerle.
Su madre, sin educación formal, era una inventora natural. Creaba herramientas, resolvía problemas domésticos con ingenio puro. Tesla heredó de ella esa capacidad, pero llevada a un extremo casi inhumano. Su padre, en cambio, quería que fuera sacerdote. Orden. Disciplina. Palabras. Tesla solo pensaba en energía, movimiento y posibilidades invisibles.
Pronto comprendió algo doloroso: pensar diferente no era una ventaja social. Lo hacía raro. Solitario. Incomprendido. Los demás no veían lo que él veía. Y eso lo aislaba.
Desde joven empezó a formarse una certeza silenciosa:
su mente no le pertenecía del todo.
Estaba al servicio de algo más grande.
Este primer capítulo no muestra al inventor famoso, sino al niño que aprendió a convivir con una inteligencia que nadie supo guiar. Un niño que ya intuía que su vida no sería normal… y que el precio de su genialidad sería la soledad.
Aún no había inventos.
Aún no había reconocimiento.
Solo había un niño mirando el cielo,
preguntándose cómo domesticar los relámpagos
que vivían dentro de su cabeza. ⚡