La justicia tardía
La historia no pide perdón.
Solo corrige… cuando ya es demasiado tarde.
Con los años, el nombre de Nikola Tesla comenzó a regresar. Libros, documentales, investigadores y nuevas generaciones empezaron a reconocer algo que su tiempo ignoró: gran parte del mundo moderno descansaba sobre ideas que él había concebido en soledad.
La justicia llegó, pero llegó sin él.
Premios póstumos. Monumentos. Empresas usando su nombre como símbolo de innovación. Tesla pasó de ser un excéntrico olvidado a un ícono cultural. El genio incomprendido se volvió leyenda. Pero ninguna estatua paga noches de hambre, ni ningún homenaje repara décadas de silencio.
Este capítulo no celebra el reconocimiento tardío; lo cuestiona.
¿Por qué la validación siempre llega cuando ya no puede cambiar nada?
¿Por qué el sistema necesita que el visionario desaparezca para admitir que tenía razón?
Tesla se convierte en espejo. Su historia obliga a mirar cómo tratamos a quienes piensan distinto, a quienes no encajan, a quienes no saben —o no quieren— convertir ideas en dinero. La justicia tardía no es justicia completa; es alivio de conciencia colectiva.
Aun así, algo se salva.
Las ideas sobreviven.
El tiempo termina alineándose con la verdad.
Este capítulo deja una sensación ambigua: tristeza por lo perdido, pero claridad sobre lo esencial. Tesla no vivió para ver su nombre restaurado, pero su obra ya no pudo ser borrada.
La historia, finalmente, hizo lo único que sabe hacer bien:
dar la razón cuando ya no duele al poder.