Una mente que no se apaga
A medida que Nikola crecía, su mente se volvía más intensa… y más solitaria.
Los destellos no desaparecieron. Al contrario, se hicieron más precisos. Tesla podía visualizar objetos completos con solo cerrar los ojos. Los giraba mentalmente, los desmontaba, los corregía. No necesitaba planos ni prototipos. Para él, el pensamiento ya era acción.
Pero ese don lo aislaba aún más.
En la escuela, memorizaba páginas enteras con una sola lectura. Hablaba varios idiomas. Resolvía problemas complejos con facilidad. Y, aun así, no encajaba. Su forma de pensar no era práctica para el mundo que lo rodeaba. Mientras otros buscaban resultados inmediatos, Tesla se perdía en ideas que nadie sabía para qué servían… todavía.
Sufría obsesiones. Necesitaba repetir rituales, evitar ciertos números, mantener simetrías exactas. Su mente exigía orden extremo para no colapsar. El genio y el tormento convivían sin tregua.
Durante una enfermedad grave en su juventud, estuvo cerca de la muerte. Fue en ese límite cuando ocurrió algo decisivo. Su padre, temiendo perderlo, le prometió que si sobrevivía podría dedicarse a la ingeniería. No al sacerdocio. No a la obediencia. A la ciencia.
Tesla sobrevivió.
Desde ese momento, su vida quedó sellada. El estudio dejó de ser opción y se volvió misión. Se sumergió en libros, teorías eléctricas y matemáticas con una intensidad feroz. No estudiaba para aprobar exámenes; estudiaba para entender el universo.
Este capítulo muestra al joven Tesla luchando por no ser aplastado por su propia mente. Un prodigio sin guía, sin red, sin descanso. Su inteligencia avanzaba más rápido que su cuerpo, más rápido que su época.
Aún no había fama.
Aún no había inventos célebres.
Solo un joven caminando solo,
con una mente que nunca se apagaba
y una certeza que empezaba a tomar forma:
el mundo algún día necesitaría
lo que ahora no podía comprender.