La guerra de las corrientes
La electricidad no solo iba a iluminar ciudades.
Iba a enfrentar egos, fortunas y destinos.
Después de separarse de Edison, Nikola Tesla encuentra apoyo en hombres que sí ven el futuro: empresarios dispuestos a apostar por algo nuevo. Entre ellos, George Westinghouse. Juntos impulsan una idea que cambiaría el mundo: la corriente alterna.
A diferencia de la corriente continua defendida por Edison, la alterna podía viajar largas distancias, alimentar ciudades enteras y hacerlo de forma eficiente. Era superior. Tesla lo sabía. Edison también… y eso la hacía peligrosa.
Comienza entonces una batalla que no se libra solo en laboratorios, sino en la opinión pública. Edison lanza campañas de miedo, demostraciones crueles, incluso ejecuciones de animales para convencer al mundo de que la corriente alterna era mortal. La ciencia se convierte en propaganda.
Tesla observa con desconcierto. Para él, la electricidad era belleza, equilibrio, posibilidad. Verla usada como arma política le resultaba casi insoportable. Aun así, no retrocede. Sigue diseñando, mejorando, creando sistemas que funcionan mejor que cualquier discurso.
La victoria llega en forma de luz. La Exposición Universal de Chicago y la central hidroeléctrica del Niágara prueban lo inevitable: la corriente alterna es el futuro. Ciudades enteras se iluminan gracias a una idea que nació en la mente de un hombre solitario.
Tesla ha ganado la guerra técnica…
pero no la guerra del reconocimiento.
Otros firman contratos. Otros aparecen en los titulares. Tesla cede patentes, renuncia a fortunas, convencido de que el progreso importa más que el dinero. No entiende que el mundo no funciona así.
Este capítulo muestra el momento más alto de su genio… y el inicio de su caída económica. Porque mientras el mundo se ilumina, Tesla empieza a quedarse en la oscuridad financiera.
La electricidad vence.
El sistema no cambia.
Y el precio del futuro
lo paga quien lo imaginó primero.