El precio de la visión
Soñar con el futuro tiene un costo.
Tesla empezó a pagarlo en soledad.
Sus ideas se volvían cada vez más grandes, más complejas y más costosas. Proyectos como la transmisión inalámbrica de energía exigían inversiones enormes y paciencia absoluta. Pero el mundo financiero no invierte en sueños: invierte en control y retorno inmediato.
Los apoyos comenzaron a desaparecer.
Quienes antes lo admiraban ahora dudaban. Los inversionistas querían resultados rápidos, patentes explotables, beneficios claros. Tesla ofrecía algo distinto: un futuro donde la energía no tendría dueño. Para el sistema, eso no era progreso; era una amenaza.
Poco a poco, los fondos se cortaron. Laboratorios cerrados. Experimentos detenidos. Torres inacabadas que quedaron como monumentos a una idea demasiado adelantada a su tiempo.
Tesla no supo —o no quiso— negociar. No sabía venderse. No sabía mentir. Su mente estaba diseñada para crear, no para convencer. Y en un mundo gobernado por intereses, eso era una debilidad fatal.
Este capítulo muestra al genio enfrentando una realidad cruel:
tener razón no garantiza sobrevivir.
A medida que el dinero se agotaba, la percepción pública cambió. Los periódicos comenzaron a tratarlo como un excéntrico. Sus descubrimientos eran minimizados. Sus advertencias, ridiculizadas. El visionario empezó a convertirse en caricatura.
Pero Tesla seguía adelante.
Porque para él, abandonar una idea verdadera era peor que fracasar. Prefería perderlo todo antes que traicionar su visión. Y así, mientras el mundo avanzaba usando sus inventos, él empezaba a quedarse atrás.
No por falta de talento.
Sino por exceso de futuro.