Aprender a equivocarse
El error siempre llega primero que la lección.
Yo lo aprendí tarde.
Había cometido fallos pequeños antes, nada grave. Pero esa vez fue distinto. Perdí dinero. No mucho, pero lo suficiente como para sentir vergüenza. Sentí ese peso conocido en el pecho, esa voz interna que repite: te lo dije, no intentes cosas nuevas.
Mi reacción fue esconderlo.
No contarlo.
No repetirlo.
No volver a intentar nada parecido.
Cuando mi padre se enteró, suspiró.
—Por eso es mejor no arriesgar —dijo—. El dinero cuesta ganarlo.
No lo dijo con rabia, sino con cansancio.
Y lo entendí: para él, perder dinero era perder tiempo de vida.
Esa misma noche fui a la otra casa.
—Fallé —dije—. Y perdí dinero.
Esperaba un reproche.
Recibí una silla.
—Siéntate —dijo—. Cuéntame qué aprendiste.
No qué perdiste.
Qué aprendiste.
Hablamos largo. De decisiones, de señales ignoradas, de apuros.
Anotó todo en un cuaderno. Incluso mis errores.
—Esto vale más que el dinero —dijo—.
—¿Un error? —pregunté.
—Una lección pagada —respondió—. Y esas no se olvidan.
Por primera vez, el error no me hacía pequeño.
Me hacía consciente.
Entendí que equivocarse no era el problema.
El problema era no aprender nada del error.
Esa noche dormí distinto.
No porque me sintiera exitoso, sino porque me sentía despierto.
Algunos evitan el error para sentirse seguros.
Otros lo enfrentan para crecer.
Yo recién estaba aprendiendo a distinguir la diferencia.