El precio de la comodidad
La comodidad es silenciosa.
No avisa cuando empieza a cobrar.
Durante un tiempo todo parecía estar bien. Tenía trabajo, ingresos constantes y una rutina clara. No era emocionante, pero era predecible. Y eso tranquiliza.
—Mientras no falte el sueldo, todo está bien —me repetía.
Eso pensaban muchos. Eso pensaba yo.
Una tarde, vi a un compañero salir de la oficina con una caja en las manos. Nadie dijo nada. Nadie preguntó. Al día siguiente, su escritorio ya estaba ocupado por otro.
El miedo volvió.
Pero esta vez fue distinto.
Fui a la otra casa con esa imagen aún fresca.
—¿Por qué la gente se queda donde no es feliz? —pregunté.
El otro padre no respondió de inmediato. Sirvió café con calma.
—Porque la comodidad tiene un precio bajo al principio —dijo—.
—¿Y después?
—Después cobra intereses.
Empecé a notar los detalles.
Las mismas conversaciones.
Los mismos sueños aplazados.
Las mismas frases: “cuando tenga tiempo”, “cuando gane más”.
El tiempo pasaba.
La comodidad crecía.
Las preguntas se apagaban.
—La comodidad te protege del fracaso —continuó—.
—Pero también te protege del crecimiento.
Miré mis propias decisiones. Cuántas veces había dicho que no por no complicarme. Cuántas veces había elegido lo seguro solo para no pensar.
Esa noche entendí algo incómodo:
No elegir también es una elección.
Y casi siempre, es la elección de quedarse igual.
Por primera vez sentí que el verdadero riesgo no era perder dinero.
Era quedarme cómodo demasiado tiempo.