El intestino también decide

Capítulo 4 • 10 Feb 2026 2 vistas 4 min

Durante años se habló del intestino como un órgano silencioso. Encargado de la digestión, apartado de los procesos “mentales”, relegado a una función puramente mecánica. Si algo iba mal allí, se consideraba un problema físico. Si algo iba mal en la mente, se buscaban causas psicológicas.

Hoy esa separación ya no se sostiene.

El intestino no solo digiere alimentos. Participa activamente en la regulación emocional, en el estado de ánimo y en la forma en que el cerebro procesa la información. En muchos sentidos, el cerebro no piensa solo desde la cabeza, sino también desde el abdomen.

Un sistema nervioso propio

El intestino alberga una red neuronal compleja conocida como sistema nervioso entérico. Esta red contiene millones de neuronas capaces de funcionar de manera relativamente autónoma. No necesita consultar cada acción con el cerebro para operar.

Por eso, en ocasiones, el intestino “reacciona” antes de que podamos pensar: se contrae, se altera, se bloquea o se acelera. No es casualidad que emociones intensas se manifiesten como nudos, vacío o presión en el estómago.

El cerebro recibe constantemente señales de este sistema. Y, como ocurre con el corazón o la respiración, las interpreta.

El eje intestino–cerebro

La comunicación entre intestino y cerebro es bidireccional. El cerebro influye en el funcionamiento intestinal, pero el intestino también envía información que modula la actividad cerebral.

Esta comunicación se da a través de:

vías nerviosas

señales hormonales

mensajeros químicos

el sistema inmunológico

El resultado es un diálogo constante que influye en estados como la ansiedad, el estrés, la motivación y la estabilidad emocional.

No es exagerado decir que el cerebro toma decisiones emocionales basándose, en parte, en lo que ocurre en el intestino.

Microbiota: un actor invisible

Dentro del intestino vive una comunidad inmensa de microorganismos conocida como microbiota. Durante años se pensó que su papel se limitaba a la digestión. Hoy se sabe que influyen en procesos neurológicos y psicológicos de forma significativa.

Estos microorganismos producen sustancias que afectan la comunicación neuronal y modulan la respuesta al estrés. Cambios en la microbiota se han asociado con alteraciones del estado de ánimo, la reactividad emocional y la claridad mental.

El cerebro no recibe información directa de estos microorganismos. Recibe sus efectos. Y los integra como parte del estado interno del organismo.

Emociones que nacen en el cuerpo

Muchas decisiones que atribuimos a la intuición o al “presentimiento” tienen una base corporal clara. El intestino participa en esas sensaciones previas que el cerebro interpreta como confianza, rechazo, alerta o tranquilidad.

Esto no significa que el intestino piense en términos conscientes. Significa que aporta señales preconscientes que influyen en la experiencia mental.

Por eso, cuando el equilibrio intestinal se altera de forma persistente, también lo hace la manera en que el cerebro evalúa el mundo.

No es magia, es integración

Hablar del intestino en relación con la mente no implica adoptar una visión mística ni reducir las emociones a procesos digestivos. Implica reconocer que la mente emerge de la interacción de múltiples sistemas corporales.

El cerebro no crea emociones desde cero. Las construye a partir de la información que recibe del cuerpo.

Ignorar al intestino es ignorar una parte esencial de ese diálogo.

Pensar desde dentro

El intestino nos recuerda una idea clave de este libro: pensar es un proceso encarnado. Ocurre desde dentro, no desde un punto abstracto.

La mente no flota sobre el organismo. Se forma en él, se ajusta a él y responde a sus estados internos.

En los próximos capítulos veremos cómo el movimiento y la postura continúan este diálogo. Pero el intestino ya nos deja una enseñanza clara:

Antes de que una idea llegue a la conciencia,
el cuerpo ya ha hablado.

Y el cerebro, una vez más,
ha decidido escuchar.

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