La postura desde la que pensamos

Capítulo 6 • 10 Feb 2026 2 vistas 3 min

No pensamos desde un cuerpo abstracto.
Pensamos desde una posición concreta.

Sentados, encorvados, tensos, relajados, apoyados, sostenidos. La postura no es solo una forma de ocupar el espacio: es un estado corporal que envía información constante al cerebro. Y el cerebro la utiliza.

La postura no expresa únicamente cómo estamos. Participa en cómo pensamos.

El cuerpo como marco de referencia

El cerebro necesita referencias para interpretar el mundo. Algunas vienen del exterior: sonidos, imágenes, movimientos. Otras provienen del interior del cuerpo: presión, equilibrio, tensión, alineación.

La postura integra muchas de estas señales al mismo tiempo. Indica al cerebro si el cuerpo está estable o inestable, contenido o colapsado, preparado o agotado. No es una lectura consciente. Es una evaluación automática.

Desde ese marco corporal, el cerebro ajusta procesos como la atención, la percepción del esfuerzo y la regulación emocional.

Postura y estado emocional

Las posturas corporales no generan emociones de forma directa, pero modulan su intensidad y duración.

Posturas cerradas, rígidas o sostenidas durante mucho tiempo suelen asociarse a estados de alerta prolongada. El cuerpo envía señales de protección o contención, y el cerebro las interpreta como un entorno que requiere vigilancia.

Posturas más equilibradas y variables ofrecen señales distintas: estabilidad, disponibilidad, menor carga defensiva. El cerebro responde reduciendo la activación innecesaria.

Esto no significa que “adoptar una postura correcta” solucione problemas emocionales. Significa que la postura forma parte del contexto desde el cual el cerebro evalúa lo que ocurre.

Pensar encorvados

Pasamos gran parte del día sentados, mirando pantallas, con el cuerpo recogido hacia adelante. Esta postura no es neutra. Genera un patrón corporal específico: cuello adelantado, hombros elevados, respiración limitada, tensión acumulada.

El cerebro no ignora ese patrón. Lo integra.

Con el tiempo, ese estado corporal puede convertirse en el punto de partida habitual del pensamiento. Fatiga mental, dispersión, irritabilidad y dificultad para mantener la atención no siempre son problemas “mentales”. Muchas veces son señales de un cuerpo que lleva demasiado tiempo sosteniendo una misma forma.

Variabilidad: la clave silenciosa

El problema no es una postura concreta, sino la falta de cambio.

El cuerpo está diseñado para moverse entre posturas, no para fijarse en una sola. La variabilidad corporal proporciona al cerebro información rica y flexible. La rigidez, en cambio, reduce las opciones.

Cuando el cuerpo se mantiene en una postura durante horas, el cerebro interpreta ese estado como prolongado y ajusta su funcionamiento en consecuencia. No porque sea dañino en sí, sino porque no hay alternativa.

El cuerpo sostiene el pensamiento

Pensar requiere energía, atención y regulación. El cuerpo sostiene esos procesos. Cuando la postura exige un esfuerzo constante, aunque sea leve, el cerebro debe dedicar recursos a mantenerla.

Esto explica por qué, en ciertos estados corporales, pensar resulta más costoso. No por falta de capacidad, sino por sobrecarga silenciosa.

La mente no se cansa sola. Se cansa con el cuerpo.

Pensar es un acto situado

Pensar con el cuerpo implica reconocer algo fundamental: la mente no opera desde un punto neutro. Opera desde una posición física concreta, en un espacio, en una postura, en un estado corporal determinado.

No se trata de corregir la postura para pensar mejor. Se trata de reconocer que siempre estamos pensando desde algún lugar corporal.

En los próximos capítulos veremos cómo el sistema nervioso autónomo integra todas estas señales —respiración, corazón, intestino, movimiento, postura— para regular estados de alerta y calma.

Pero la postura ya nos deja una idea clara:

Antes de cada pensamiento,
el cuerpo ya ha tomado una forma.

Y desde esa forma,
el cerebro comienza a pensar.

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