El sistema nervioso que regula todo
Hasta ahora hemos hablado de respiración, corazón, intestino, movimiento y postura como fuentes de información corporal. Pero ninguna de ellas actúa de forma aislada. Todas están coordinadas por un sistema que opera en segundo plano, casi invisible, y que decide continuamente en qué estado vivimos.
Ese sistema es el sistema nervioso autónomo.
No piensa.
No reflexiona.
Pero determina desde qué lugar pensamos.
Un regulador silencioso
El sistema nervioso autónomo se encarga de regular funciones básicas: respiración, ritmo cardíaco, digestión, temperatura corporal, tensión muscular. Lo hace sin que tengamos que decidir nada.
Su función principal no es mantenernos cómodos, sino mantenernos adaptados.
Evalúa constantemente si el entorno es seguro, incierto o amenazante, y ajusta el cuerpo —y con él, el cerebro— en consecuencia.
Alerta y calma: dos modos de estar en el mundo
De forma simplificada, el sistema nervioso autónomo oscila entre dos grandes estados:
Activación: preparación para la acción, la vigilancia, la respuesta rápida
Regulación: descanso, recuperación, integración de información
Ninguno de estos estados es negativo por sí mismo. El problema aparece cuando uno de ellos se mantiene durante demasiado tiempo.
Un cuerpo en activación constante envía al cerebro señales de urgencia. El pensamiento se vuelve más rígido, más defensivo, más orientado a la supervivencia que a la reflexión.
Un cuerpo con capacidad de regulación permite al cerebro acceder a procesos más complejos: flexibilidad cognitiva, perspectiva, creatividad, empatía.
El cerebro piensa desde el estado corporal
El sistema nervioso autónomo no decide ideas concretas, pero define el rango de pensamientos posibles.
En estados de activación intensa:
cuesta concentrarse
se reduce la tolerancia a la ambigüedad
aumentan las respuestas automáticas
En estados regulados:
el pensamiento se amplía
las emociones se integran mejor
la toma de decisiones es más flexible
No es una cuestión de voluntad. Es una cuestión de estado fisiológico.
Estrés no es lo que pasa, es cómo queda el cuerpo
Solemos definir el estrés por los acontecimientos externos. Pero desde el cuerpo, el estrés se define por otra cosa: la dificultad para volver a la regulación.
Un evento intenso no es problemático si el sistema nervioso puede regresar al equilibrio. El problema surge cuando la activación se cronifica y se convierte en el estado base.
En ese punto, el cuerpo vive como si el peligro nunca terminara. Y el cerebro aprende a pensar desde ahí.
Pensar no siempre es elegir
Muchas veces creemos que estamos eligiendo cómo reaccionar, cuando en realidad estamos respondiendo desde un sistema nervioso desregulado.
Esto no nos quita responsabilidad, pero sí cambia la comprensión del proceso. Antes de preguntarnos “¿por qué pienso así?”, quizá debamos preguntarnos “¿en qué estado está mi cuerpo cuando pienso así?”.
El sistema nervioso autónomo establece el terreno. El pensamiento ocurre dentro de él.
Recuperar la capacidad de regulación
Este libro no propone controlar el sistema nervioso como si fuera una máquina. Propone reconocer algo más realista: la capacidad de volver.
Volver a un estado donde el cuerpo no esté atrapado en la alerta. Volver a una regulación suficiente para que el cerebro pueda hacer algo más que reaccionar.
Respiración, movimiento, postura y ritmos corporales no son técnicas aisladas. Son vías de comunicación con este sistema regulador.
El estado desde el que pensamos
Pensar con el cuerpo implica aceptar una verdad incómoda pero liberadora: muchas de nuestras dificultades mentales no se resuelven solo con ideas, porque no nacen solo de ideas.
Nacen de un cuerpo que ha aprendido a mantenerse en ciertos estados.
El sistema nervioso autónomo nos recuerda esto:
Antes de que aparezca un pensamiento,
el cuerpo ya ha decidido
si es momento de huir, luchar…
o comprender.
Y desde ese estado,
el cerebro hace lo que puede.