La tensión que piensa por nosotros
La tensión muscular suele pasar desapercibida. No duele siempre. No incapacita. No se anuncia. Simplemente se queda.
Hombros elevados, mandíbula apretada, abdomen rígido, espalda contenida. Muchas personas viven así durante años sin percibirlo como un estado particular. Se convierte en la normalidad.
Pero el cerebro no lo interpreta como algo neutro.
El cuerpo en guardia
La tensión muscular sostenida es una señal clara para el sistema nervioso: algo requiere control. No necesariamente un peligro inmediato, pero sí una vigilancia prolongada.
Cuando ciertos grupos musculares permanecen activados durante mucho tiempo, el cuerpo comunica al cerebro que no es seguro relajarse del todo. Y el cerebro ajusta su funcionamiento en consecuencia.
Pensar desde un cuerpo tenso no es lo mismo que pensar desde un cuerpo disponible.
Tensión y atención
La tensión constante consume recursos. Aunque no seamos conscientes de ello, el cerebro debe dedicar parte de su energía a mantener ese estado corporal.
Esto reduce el margen disponible para otros procesos: atención sostenida, memoria de trabajo, flexibilidad mental. No porque “falte capacidad”, sino porque la carga ya está distribuida.
Por eso, en estados de tensión prolongada, el pensamiento tiende a volverse repetitivo, rígido, poco creativo. No es un fallo cognitivo. Es una consecuencia fisiológica.
El cuerpo anticipa antes que la mente
Muchas tensiones musculares no responden a una amenaza presente, sino a una anticipación constante. El cuerpo se prepara para algo que podría ocurrir, aunque nunca ocurra.
Esta preparación permanente crea un estado interno desde el cual el cerebro interpreta la realidad. Pequeños estímulos se perciben como más demandantes. Las decisiones parecen más costosas. La tolerancia al error disminuye.
El cuerpo ya está respondiendo antes de que la mente formule una preocupación concreta.
Emoción contenida, pensamiento contenido
La tensión no solo afecta al pensamiento lógico. También influye en la experiencia emocional.
Un cuerpo rígido tiende a generar emociones contenidas, planas o irritables. No porque las emociones desaparezcan, sino porque no encuentran espacio corporal para desplegarse.
El cerebro interpreta esa falta de fluidez como incomodidad, impaciencia o desconexión. Y vuelve a ajustar la mente en ese sentido.
Soltar no es rendirse
Hablar de tensión corporal no implica que debamos estar relajados todo el tiempo. La activación muscular es necesaria para actuar, sostenernos, protegernos.
El problema no es la tensión, sino la imposibilidad de soltarla.
Un cuerpo que sabe tensarse y relajarse ofrece al cerebro información rica y adaptable. Un cuerpo que solo sabe sostener tensión reduce las opciones mentales disponibles.
Pensar desde la rigidez
Muchas formas de pensamiento que atribuimos a rasgos personales —perfeccionismo extremo, hipervigilancia, dificultad para descansar mentalmente— tienen una base corporal clara.
No nacen solo de creencias. Se sostienen en patrones musculares aprendidos.
Pensar con el cuerpo implica reconocer estos patrones no para eliminarlos, sino para entender su función y sus límites.
El cuerpo decide el margen
La tensión corporal establece el margen dentro del cual el pensamiento puede moverse. No dicta ideas concretas, pero limita o amplía el espacio mental.
Cuando el cuerpo no puede soltar, la mente tampoco.
Y esta es una de las ideas más importantes de este capítulo:
Antes de que una preocupación se vuelva consciente,
el cuerpo ya está sosteniéndola.
Pensar con el cuerpo significa empezar a escuchar
no solo lo que pensamos,
sino cómo lo estamos sosteniendo físicamente.
En el próximo capítulo veremos cómo la percepción del tiempo y la fatiga emergen de este mismo diálogo entre cuerpo y cerebro.