El tiempo que siente el cuerpo

Capítulo 9 • 10 Feb 2026 1 vistas 4 min

El tiempo no se experimenta igual en todas las situaciones.

Hay momentos que pasan rápido y otros que se estiran hasta volverse casi insoportables. Días que parecen comprimirse y estados mentales en los que cada minuto pesa. Solemos atribuir estas diferencias a factores psicológicos: aburrimiento, estrés, disfrute.

Pero el cerebro no mide el tiempo solo con relojes internos abstractos. Lo mide a través del cuerpo.

El tiempo no es solo una magnitud mental

Desde la neurociencia, el tiempo se entiende como una experiencia construida. El cerebro no tiene un “centro del tiempo” único. Integra señales de distintos sistemas corporales para estimar duración, ritmo y continuidad.

El latido del corazón, la respiración, el movimiento, la tensión muscular y el nivel de activación fisiológica influyen directamente en cómo se percibe el paso del tiempo.

Cuando el cuerpo cambia de estado, el tiempo subjetivo cambia con él.

Activación y dilatación temporal

En estados de alta activación —estrés, amenaza, urgencia— el cuerpo se acelera. El corazón late más rápido, la respiración se vuelve superficial, los músculos se tensan. El cerebro interpreta ese patrón como un aumento en la cantidad de información relevante.

El resultado es una sensación de tiempo dilatado. Todo parece ocurrir más lento, pero con mayor intensidad. El cerebro registra más detalles, anticipa más escenarios, evalúa más riesgos.

No es una distorsión. Es una adaptación.

Cuerpo lento, tiempo comprimido

En estados de regulación, descanso o absorción, el cuerpo reduce su ritmo. La respiración se vuelve más profunda, el tono muscular baja, el sistema nervioso entra en un modo de integración.

En estos estados, el cerebro procesa el tiempo de forma distinta. Las horas pueden pasar sin que lo notemos. No porque “perdamos conciencia”, sino porque el cuerpo no está marcando urgencia.

El cerebro no necesita fraccionar el tiempo en unidades pequeñas. Puede dejarlo fluir.

Fatiga: cuando el cuerpo desordena el tiempo

La fatiga no es solo cansancio. Es un estado corporal complejo en el que múltiples sistemas pierden coordinación.

Cuando el cuerpo está fatigado, las señales internas se vuelven menos precisas. El cerebro recibe información contradictoria: activación sin energía, tensión sin dirección, alerta sin propósito.

En ese estado, el tiempo se vuelve confuso. Las tareas parecen interminables. La concentración se fragmenta. El futuro se percibe más cercano y más pesado al mismo tiempo.

No es falta de motivación. Es desajuste corporal.

Pensar sin tiempo corporal

Muchas dificultades cognitivas aparecen cuando intentamos pensar ignorando el estado corporal desde el que lo hacemos. Pretendemos que el cerebro funcione con claridad cuando el cuerpo está acelerado, agotado o desregulado.

El resultado es una experiencia mental distorsionada del tiempo: prisa constante, sensación de atraso, incapacidad para “llegar” a las cosas.

El cuerpo marca el ritmo. El cerebro lo sigue.

El tiempo como señal interna

Este libro no propone gestionar el tiempo con técnicas externas. Propone algo previo: entender desde qué cuerpo estamos experimentando el tiempo.

No es lo mismo pensar desde un cuerpo en alerta que desde uno disponible. No es lo mismo decidir desde la urgencia fisiológica que desde la regulación.

El tiempo no se acelera ni se ralentiza solo en la mente. Se construye a partir del estado corporal.

Pensar en sincronía

Pensar con el cuerpo implica reconocer que incluso conceptos abstractos como el tiempo tienen una base fisiológica. El cerebro no flota por encima del organismo. Se sincroniza con él.

Cuando el cuerpo pierde ritmo, la mente pierde orientación temporal.
Cuando el cuerpo recupera coherencia, el tiempo vuelve a organizarse.

Antes de que digamos “no tengo tiempo”,
el cuerpo ya está marcando un compás.

Y el cerebro, una vez más,
está pensando desde ahí.

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