El poder de la normalización
Nada se vuelve dañino de un día para otro.
Primero se vuelve normal.
La normalización es una de las fases finales de la psicología oscura. Ocurre cuando conductas que antes habrían generado alarma ahora se aceptan sin cuestionamiento. No porque sean correctas, sino porque se volvieron habituales.
Comentarios hirientes pasan a ser “su forma de ser”.
Falta de respeto se justifica como “mal día”.
Control se disfraza de “preocupación”.
Y así, lo inaceptable pierde nombre.
La mente humana se adapta para sobrevivir. Cuando una situación se repite, el cerebro reduce la respuesta emocional para ahorrar energía. El problema es que esa adaptación también puede anestesiar la conciencia. Lo que antes dolía ahora solo cansa. Y lo que cansa, se tolera.
El manipulador se beneficia de esta anestesia emocional. Ya no necesita justificar ni explicar. El entorno mismo valida su conducta: “Siempre ha sido así”, “No lo hace con mala intención”, “Tú ya sabes cómo es”.
Este capítulo expone una verdad dura:
cuando algo se normaliza, deja de cuestionarse… incluso si sigue siendo dañino.
La señal clave es esta:
cuando defiendes comportamientos que, si ocurrieran al inicio, no habrías aceptado.
Romper la normalización implica un acto de lucidez: mirar la situación como si fuera nueva. Preguntarte qué sentirías si esto le ocurriera a alguien que amas. Recuperar el asombro ante lo que nunca debió ser cotidiano.
Porque normalizar no es sanar.
Es resignarse.
Y cuando te resignas, el poder deja de estar afuera…
empieza a vivir dentro de tus propias justificaciones.
Recuperar la claridad no es exagerar.
Es volver a llamar a las cosas por su nombre.