Dos cerebros en uno — emoción y razón
Los autores explican que dentro del cerebro del niño conviven dos sistemas muy distintos. Por un lado está el cerebro emocional, rápido, intenso y reactivo. Por otro, el cerebro racional, encargado de pensar, reflexionar y tomar decisiones conscientes. El problema es que estos dos “cerebros” no siempre trabajan en conjunto, especialmente durante la infancia.
Cuando el cerebro emocional toma el control, el niño reacciona sin pensar. Llora, grita, golpea o se encierra en sí mismo. En esos momentos, pedirle que razone, que se calme o que “piense bien lo que hizo” es inútil. Su cerebro racional simplemente no está disponible. La emoción ha tomado el mando.
Siegel y Bryson enseñan que el objetivo de la crianza no es eliminar las emociones, sino ayudar al niño a integrarlas con el pensamiento. Esta integración ocurre cuando el adulto conecta primero con la emoción del niño, validándola, antes de intentar corregir la conducta. Solo cuando el niño se siente comprendido, su cerebro racional puede activarse.
Frases simples como “entiendo que estés enojado” o “sé que esto te dio mucha rabia” no refuerzan el mal comportamiento, sino que ayudan al cerebro a calmarse. Una vez que la emoción baja, el niño está en condiciones de escuchar, aprender y reflexionar.
Este capítulo deja una idea fundamental:
conectar emocionalmente es el primer paso para enseñar.
La razón solo puede entrar en juego cuando la emoción ha sido reconocida y acompañada.