Conectar antes de corregir
Uno de los errores más comunes en la crianza es intentar corregir la conducta del niño sin antes atender su estado emocional. Siegel y Bryson explican que, cuando un niño está alterado, su cerebro no está preparado para aprender. En ese momento, cualquier corrección se percibe como una amenaza y solo aumenta la resistencia.
La clave está en la conexión. Antes de enseñar, el adulto debe acercarse emocionalmente al niño. Mirarlo, escucharlo, reconocer lo que siente. No se trata de aprobar el comportamiento, sino de validar la emoción que lo originó. Cuando el niño se siente comprendido, su cerebro comienza a calmarse.
Conectar puede ser tan simple como ponerse a la altura del niño, usar un tono suave y decir frases como “veo que esto te frustró mucho”. Esa conexión activa zonas del cerebro relacionadas con la seguridad y la confianza, permitiendo que la parte racional vuelva a funcionar.
Solo después de esa conexión es posible corregir. En ese momento, el niño puede escuchar, reflexionar y aprender alternativas de comportamiento. La disciplina deja de ser castigo y se transforma en una guía.
Este capítulo refuerza una idea central del libro:
la relación es la base del aprendizaje.
Cuando el vínculo es fuerte, las correcciones no dañan, enseñan.