La vida antes del cautiverio
Antes de que el alambre de púas, el frío y el hambre definieran cada segundo de su existencia, Viktor Frankl era, ante todo, un hombre con una vida común. Médico, psiquiatra, esposo, pensador. Caminaba por las calles de Viena con la misma despreocupación que cualquier otro ciudadano europeo, convencido —como muchos— de que la razón, la cultura y la ciencia eran barreras suficientes contra la barbarie.
Pero esa ilusión comenzó a resquebrajarse lentamente.
Con la expansión del nazismo, el mundo conocido empezó a encogerse. Derechos que antes parecían inquebrantables desaparecieron sin ruido. Las miradas cambiaron. Las puertas se cerraron. El miedo comenzó a ocupar espacios que antes pertenecían a la rutina y a la esperanza. Frankl, judío, observaba cómo su identidad pasaba de ser un dato personal a convertirse en una condena.
Aun así, en esos primeros momentos, la mente humana se aferra a la normalidad. Se piensa que lo peor no llegará. Que será temporal. Que la razón se impondrá. Frankl continuó trabajando, reflexionando, escribiendo. En su interior ya germinaban ideas sobre el sentido de la vida, sobre la motivación profunda que empuja al ser humano a seguir adelante incluso cuando todo parece derrumbarse.
Cuando finalmente fue arrestado y deportado, no lo hizo como un hombre vacío. Llevaba consigo algo invisible pero decisivo: preguntas. Preguntas sobre el sufrimiento, sobre la dignidad humana, sobre si la vida conserva sentido incluso cuando es reducida a lo más elemental.
El viaje hacia el campo de concentración marcó el verdadero inicio de su transformación. Allí, entre vagones abarrotados y miradas perdidas, Frankl comprendió que estaba entrando en un territorio donde las teorías serían puestas a prueba por la realidad más brutal. Nada volvería a ser igual.
Sin saberlo aún, ese paso forzado hacia el abismo sería también el comienzo de una de las reflexiones más profundas jamás escritas sobre el espíritu humano: la búsqueda de sentido como última forma de libertad.