El ingreso al campo y la pérdida de la identidad
El primer contacto con el campo de concentración no fue el dolor físico, sino la confusión. Nada tenía sentido. Los gritos, las órdenes contradictorias, los golpes sin motivo aparente. Todo ocurría demasiado rápido como para procesarlo. Frankl y los demás prisioneros descendieron del tren sin saber si vivirían unas horas más o si ese mismo día sería el último.
Allí comenzó el despojo.
Les quitaron la ropa, los objetos personales, los recuerdos. El nombre dejó de importar. Cada hombre pasó a ser un número. El espejo ya no devolvía un rostro familiar, sino una figura demacrada, rapada, irreconocible. En cuestión de horas, la identidad construida durante toda una vida fue borrada con una precisión brutal.
Lo más perturbador no era solo la violencia, sino la arbitrariedad. Algunos eran enviados a trabajar. Otros, a la muerte. La diferencia podía depender de un gesto, de una mirada, de un capricho del guardia. En ese instante, el prisionero comprendía una verdad aterradora: su vida ya no estaba en sus propias manos.
Muchos reaccionaban con una mezcla de miedo y esperanza irracional. Se pensaba que aquello no podía durar, que en algún momento alguien intervendría. Otros, en cambio, comenzaban a endurecerse por dentro. El instinto de supervivencia se activaba, y con él una transformación psicológica inevitable: para soportar lo insoportable, el ser humano aprende a anestesiar sus emociones.
Frankl observó algo clave desde el primer día: no todos sufrían de la misma manera. Algunos se quebraban rápidamente, mientras otros conservaban una extraña firmeza interior. No era la fuerza física lo que marcaba la diferencia, sino algo más profundo e invisible.
Ese algo empezaba a revelarse con claridad: quienes encontraban una razón para seguir viviendo —un ser amado, una tarea pendiente, una convicción interior— resistían mejor el horror. El cuerpo podía ser esclavizado, pero la mente aún tenía un último refugio.
En medio del caos, Frankl comprendió que el verdadero experimento no era médico ni psicológico, sino existencial. El campo de concentración se convertía en un laboratorio extremo donde una pregunta fundamental se repetía en silencio, una y otra vez:
¿Puede la vida seguir teniendo sentido cuando todo ha sido arrebatado?
El resto del viaje demostraría que la respuesta no era sencilla… pero sí posible.