El dolor cotidiano y la adaptación al sufrimiento

Capítulo 3 • 26 Ene 2026 7 vistas 2 min

Con el paso de los días, el horror dejó de ser una sorpresa. El sufrimiento se volvió rutina. El frío, el hambre, el agotamiento extremo y la humillación constante formaban parte del paisaje cotidiano, como si siempre hubieran estado allí. Lo verdaderamente inquietante no era la presencia del dolor, sino la rapidez con la que el ser humano aprende a convivir con él.

El cuerpo se debilitaba, pero la mente comenzaba un proceso distinto: la adaptación.

Los prisioneros despertaban antes del amanecer, eran forzados a trabajar hasta el límite de sus fuerzas y regresaban por la noche sin saber si al día siguiente seguirían con vida. El hambre era permanente, una sensación que nunca desaparecía, solo cambiaba de intensidad. Cada pensamiento terminaba regresando a la comida, a un recuerdo de pan caliente, a una mesa que ya no existía.

Frankl observó cómo, poco a poco, el sufrimiento físico daba paso a algo más peligroso: la apatía. Para sobrevivir emocionalmente, muchos dejaron de sentir. La muerte ajena ya no provocaba lágrimas. El dolor propio se aceptaba con resignación. No por falta de humanidad, sino como un mecanismo de defensa. Sentir demasiado podía destruirlos.

Sin embargo, incluso en ese estado de agotamiento absoluto, surgían pequeños gestos que desafiaban la lógica del campo. Un trozo de pan compartido. Una palabra de aliento. Un chiste dicho en voz baja. Eran actos mínimos, casi invisibles, pero tenían un valor inmenso: recordaban que aún quedaba algo humano dentro de ellos.

Frankl comprendió entonces que el sufrimiento no ennoblece ni degrada por sí mismo. Es la actitud frente a él lo que define al ser humano. Algunos permitían que el dolor los volviera crueles, egoístas, vacíos. Otros, en cambio, lograban conservar una dignidad silenciosa, incluso cuando no quedaba nada más.

En ese infierno cotidiano, comenzó a tomar forma una certeza profunda:
cuando el sufrimiento es inevitable, el hombre aún puede elegir cómo enfrentarlo.

Esa elección —invisible, interna, pero real— se convertiría en el núcleo de todo lo que Frankl estaba a punto de comprender sobre la vida, la libertad y el sentido de existir.

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