La psicología del prisionero

Capítulo 4 • 26 Ene 2026 7 vistas 2 min

Con el paso del tiempo, Frankl dejó de observar solo el sufrimiento externo y comenzó a estudiar algo aún más profundo: la transformación interior del prisionero. El campo no solo quebraba cuerpos; también moldeaba mentes. Allí, la psicología humana se mostraba desnuda, sin máscaras ni artificios.

La primera gran transformación era la pérdida del futuro. Para muchos, el mañana dejó de existir. No había planes, no había sueños, no había proyectos. El pensamiento se reducía al presente inmediato: sobrevivir ese día, resistir esa jornada, soportar ese turno de trabajo. Cuando el futuro desaparece, la vida comienza a vaciarse de sentido.

Frankl notó que quienes no lograban proyectarse más allá del sufrimiento presente comenzaban a deteriorarse rápidamente. Perdían la voluntad, se dejaban caer, enfermaban con mayor facilidad. No era solo debilidad física, era un colapso interior. El ser humano necesita algo que esperar, algo que lo llame desde adelante.

Otra transformación era moral. En el campo, las decisiones no eran simples. Compartir comida podía significar morir de hambre al día siguiente. Ayudar a otro podía costar la propia vida. Algunos se endurecieron, otros se volvieron indiferentes, y unos pocos lograron mantener un sentido ético, aun en condiciones extremas.

Frankl comprendió entonces una verdad incómoda: no todos los hombres se vuelven mejores ante el sufrimiento, pero tampoco todos se vuelven peores. El campo no creaba monstruos ni santos; simplemente revelaba lo que cada uno llevaba dentro.

A pesar de todo, existía una libertad que ni los guardias ni el hambre podían destruir: la libertad interior. La capacidad de elegir la actitud frente a lo que no podía cambiarse. Algunos prisioneros se aferraban a recuerdos, a imágenes de seres queridos, a conversaciones imaginadas. Otros se refugiaban en pensamientos espirituales o en el simple acto de ayudar a otro.

En ese entorno diseñado para deshumanizar, la mente se convertía en el último territorio libre.

Frankl comprendió que el ser humano puede ser despojado de todo, excepto de una cosa:
la libertad de decidir quién quiere ser, incluso en el sufrimiento.

Esa idea —tan simple como poderosa— comenzaba a consolidarse como el eje central de su pensamiento y marcaría para siempre su visión de la vida.

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