La libertad interior frente al destino
En el campo de concentración, el destino parecía estar completamente sellado. La vida y la muerte dependían de factores absurdos, impredecibles, ajenos a cualquier mérito o justicia. Sin embargo, Frankl llegó a una de las conclusiones más profundas de su experiencia: aunque el ser humano no puede elegir sus circunstancias, siempre puede elegir su actitud frente a ellas.
Cada día ofrecía incontables motivos para rendirse. El cansancio extremo, la enfermedad, la violencia arbitraria, la certeza de que el esfuerzo podía no servir de nada. Aun así, algunos prisioneros lograban mantener una firmeza interior que no se explicaba por la fuerza física ni por la suerte.
Frankl observó que esa fortaleza nacía de una decisión interna: no dejar que el campo definiera quiénes eran. El cuerpo podía ser sometido, pero la conciencia seguía siendo un territorio propio. En ese espacio interior, cada hombre conservaba la posibilidad de responder al sufrimiento con dignidad o con desesperación.
La libertad interior no era un acto grandioso ni heroico. Se manifestaba en elecciones pequeñas: cómo tratar a otro prisionero, cómo enfrentar una humillación, cómo reaccionar ante la injusticia. Incluso en la derrota, existía una forma de mantenerse fiel a uno mismo.
Frankl comprendió que el ser humano no está determinado únicamente por su entorno, sino también por su capacidad de trascenderlo. Aquellos que lograban encontrar un sentido —aunque fuera mínimo— podían soportar lo insoportable. Los que perdían ese sentido se apagaban lentamente, aun cuando el cuerpo seguía en pie.
En el corazón de esa experiencia extrema, surgió una verdad que cambiaría su vida y su obra:
el hombre no está completamente condicionado; siempre conserva un margen de libertad interior.
Esa libertad, frágil pero real, es lo que permite al ser humano convertir el sufrimiento en testimonio, el dolor en aprendizaje y la adversidad en una afirmación profunda de la vida.