El sentido como motor para sobrevivir
A medida que el cautiverio se prolongaba, Frankl comprendió que la diferencia entre resistir y rendirse no estaba en la fuerza del cuerpo, sino en la claridad del sentido. Quienes tenían un motivo para seguir viviendo —una tarea pendiente, un ser amado, una idea por cumplir— soportaban el sufrimiento con una resistencia sorprendente.
El campo estaba lleno de hombres que, desde fuera, parecían fuertes, pero que se derrumbaban interiormente al perder toda razón para continuar. Cuando alguien dejaba de creer que su vida aún tenía valor, su deterioro era rápido y visible. Perdía la voluntad, se abandonaba, enfermaba. El cuerpo seguía a la mente.
Frankl observó que el sentido no era algo abstracto ni universal. No existía una única respuesta válida para todos. Cada persona tenía su propio “porqué”. Para algunos era reencontrarse con la familia. Para otros, terminar una obra inconclusa. Para otros, simplemente dar testimonio de lo vivido.
Incluso el sufrimiento podía adquirir significado si se asumía como una forma de responsabilidad. Frankl no glorificaba el dolor, pero afirmaba que, cuando este es inevitable, el hombre puede decidir qué hacer con él. El sufrimiento se transformaba entonces en una oportunidad para demostrar la profundidad del espíritu humano.
En el campo, el sentido no se encontraba en grandes ideales, sino en decisiones cotidianas. Resistir un día más. Ayudar a otro. No renunciar a la dignidad. Cada pequeño acto reafirmaba que la vida, aun reducida a lo mínimo, seguía teniendo valor.
Frankl comprendió que el verdadero motor de la existencia no es la búsqueda del placer ni del poder, sino la búsqueda de sentido. Cuando ese sentido se mantiene vivo, el ser humano es capaz de soportar casi cualquier circunstancia.
Esta certeza se convertiría en la base de su pensamiento posterior y en el núcleo de la logoterapia:
no preguntarse qué espera uno de la vida, sino qué espera la vida de uno.