Después del horror — la logoterapia y el propósito de vivir
Cuando el campo quedó atrás y la libertad volvió a ser una realidad tangible, el sufrimiento no terminó de inmediato. La liberación no fue una explosión de alegría, sino una experiencia extraña, casi irreal. Muchos prisioneros no lograban sentir felicidad. El dolor había sido tan prolongado que el alma necesitaba tiempo para aprender nuevamente a vivir.
Frankl observó que la libertad exterior no garantizaba la libertad interior. Algunos sobrevivientes se sentían vacíos, desorientados, incapaces de encontrar un lugar en el mundo que los había expulsado. El sufrimiento pasado seguía presente, ahora transformado en culpa, miedo o desesperanza.
Fue entonces cuando Frankl dio forma definitiva a su pensamiento: la logoterapia, una corriente psicológica basada en la idea de que la principal motivación del ser humano es la búsqueda de sentido. A diferencia de otras teorías centradas en el placer o el poder, la logoterapia afirmaba que la vida siempre plantea preguntas, incluso después del trauma más profundo.
El sentido podía encontrarse de tres maneras:
en el trabajo o la creación,
en el amor y la relación con otros,
y en la actitud frente al sufrimiento inevitable.
Frankl no prometía felicidad constante ni ausencia de dolor. Prometía algo más realista y profundo: una razón para seguir viviendo. El sufrimiento no desaparece, pero deja de ser absurdo cuando se integra a un propósito.
Así, la experiencia del campo no quedó como una herida inútil, sino como un testimonio. Frankl sobrevivió para contar que, incluso en las condiciones más extremas, el ser humano conserva una última libertad: la de encontrar sentido a su existencia.
El mensaje final del libro no es de desesperación, sino de responsabilidad. La vida no garantiza comodidad ni justicia, pero siempre exige una respuesta. Y mientras exista esa posibilidad de responder, la vida —en cualquier circunstancia— sigue teniendo sentido.