El despertar imposible
Gregor Samsa despertó una mañana con la extraña sensación de que algo no encajaba. El techo seguía ahí, las paredes no habían cambiado, el reloj avanzaba con su habitual indiferencia. Sin embargo, su cuerpo ya no le pertenecía. Al intentar moverse, descubrió que estaba recostado sobre un caparazón duro, dividido en placas, y que múltiples patas se agitaban torpemente frente a sus ojos.
No gritó. No pensó que estaba soñando. Lo absurdo se instaló con una naturalidad inquietante. Gregor intentó girarse para levantarse de la cama, como hacía cada mañana, pero su cuerpo no respondía. Cada intento terminaba en un balanceo inútil. El esfuerzo lo agotaba.
Su primera preocupación no fue el horror de su transformación, sino el tiempo. El tren. El trabajo. El retraso. Pensó en su jefe, en las recriminaciones, en la sospecha constante de pereza. Incluso convertido en algo inhumano, la culpa seguía gobernando su mente.
Mientras yacía inmóvil, comenzó a observar su habitación. Nada había cambiado, y sin embargo todo era distinto. Ese espacio, antes apenas notado, se volvía ahora el límite de su existencia. Gregor comprendió, con una lucidez dolorosa, que salir de allí no sería sencillo.
Intentó hablar. Quiso llamar a su familia. Pero al abrir la boca, el sonido que salió no era una voz humana. Era un murmullo extraño, irreconocible. Gregor se detuvo. Algo se había roto de forma irreversible.
Afuera, la vida continuaba. Dentro de la habitación, comenzaba una realidad donde el cuerpo y el mundo ya no estaban de acuerdo. Sin saberlo aún, Gregor acababa de cruzar una frontera invisible: la que separa al hombre de aquello que deja de ser comprendido.
Ese despertar no fue solo físico. Fue el inicio de una caída silenciosa, donde lo imposible se volvió cotidiano y la soledad empezó a tomar forma.