La última metamorfosis
La noche llegó sin ruido. Gregor permanecía inmóvil, apenas consciente de su propio cuerpo. El dolor persistente y el agotamiento habían apagado casi por completo su voluntad. Ya no sentía hambre ni deseo. Solo una extraña calma, como si el conflicto hubiera terminado.
Desde la habitación contigua, escuchó las voces de su familia. Grete hablaba con firmeza, sin titubeos. Dijo que aquello que vivía encerrado ya no podía ser considerado Gregor y que, mientras siguiera allí, la familia no podría recuperar la paz. No hubo objeciones. El silencio posterior fue una confirmación.
Gregor comprendió. No sintió rabia ni rencor. Pensó en ellos con una ternura distante, como si se despidiera. Aceptó la idea de desaparecer como una forma final de cuidado. Su existencia, entendió, había dejado de tener sentido para los demás.
Cuando la casa quedó en silencio, Gregor dejó de resistir. Su cuerpo, ya sin fuerzas, se apagó lentamente. Murió solo, en la oscuridad, sin testigos. La última metamorfosis no fue la del cuerpo, sino la de su voluntad: el paso definitivo hacia la renuncia.
A la mañana siguiente, la familia descubrió su muerte. No hubo llanto, solo alivio. Salieron al exterior, respiraron aire fresco, hicieron planes. Grete se estiró bajo el sol, llena de vida y posibilidades.
La historia no termina con la muerte de Gregor, sino con la transformación de los otros. Kafka deja al lector frente a una verdad incómoda: cuando el valor humano depende de la utilidad, la desaparición del inútil se celebra como una liberación.