Resumen final completo
Gregor Samsa despierta una mañana con la certeza inquietante de que algo es distinto. Su habitación es la misma, el tiempo avanza como siempre, pero su cuerpo ya no le pertenece: se ha transformado en un insecto monstruoso. Lo absurdo se impone sin explicaciones y, aun así, Gregor no grita ni se desespera. Su primera preocupación no es su nueva forma, sino el trabajo. El deber, la puntualidad y el miedo a fallar siguen gobernando su mente incluso cuando su humanidad ha sido despojada.
Atrapado en un cuerpo que no responde, Gregor intenta levantarse, salir, cumplir. La culpa pesa más que el horror. Desde el otro lado de la puerta, su familia se inquieta. Él quiere tranquilizarlos, explicar lo ocurrido, pero su voz ya no es comprensible. La incomunicación se instala antes incluso del rechazo. La puerta cerrada se convierte en frontera: de un lado, la vida humana; del otro, aquello que ya no puede ser entendido.
Cuando finalmente es visto, la reacción es inmediata y cruel. El gerente huye horrorizado, la madre se desmaya y el padre responde con furia. No hay intento de comprensión, solo miedo y violencia. Gregor es empujado de regreso a su habitación, que desde ese momento deja de ser un espacio privado y se transforma en prisión. La primera mirada lo condena: ya no es hijo, ni trabajador, ni persona; es algo que debe ocultarse.
Comienza entonces el encierro. El tiempo pierde su forma y la habitación se vuelve el único mundo posible. Gregor observa cómo la vida continúa detrás de la puerta mientras él queda suspendido en una existencia marginal. Su hermana Grete se convierte en su único vínculo con el exterior. Al principio, lo cuida con cierta dedicación, le lleva comida, intenta adaptarse. Pero incluso esa compasión está atravesada por el miedo y la distancia.
Con los días, la transformación avanza. Gregor ya no desea comida humana, se mueve con naturalidad por paredes y rincones oscuros, evita la luz. Su cuerpo comienza a moldear su mente. Los recuerdos de su vida anterior se vuelven difusos y su identidad humana empieza a desvanecerse. No solo ha cambiado su forma, también su lugar en el mundo.
La paciencia de la familia se agota. El padre, incapaz de aceptar lo que Gregor representa, descarga su violencia lanzándole manzanas. Una queda incrustada en su cuerpo, causándole una herida permanente. Ese acto no es solo físico: es la confirmación definitiva del rechazo. A partir de entonces, Gregor queda debilitado, lento, cada vez más invisible.
La casa se reorganiza sin él. La familia trabaja, se fortalece, recibe inquilinos. Gregor debe permanecer oculto, en silencio. Su habitación se llena de objetos inútiles, reflejo de cómo ahora es percibido: un estorbo, una carga. Incluso Grete, su último lazo humano, pierde la paciencia y el afecto. El cuidado se vuelve obligación y luego molestia.
Gregor comprende, con una lucidez dolorosa, que su existencia ya no tiene lugar. No es odiado activamente, sino ignorado. Y esa indiferencia resulta más devastadora que la violencia. Poco a poco deja de luchar, no por debilidad, sino por comprensión. Empieza a pensar que desaparecer sería un alivio para todos.
La decisión final no es suya, pero la acepta como propia. Cuando escucha a su hermana afirmar que aquello que vive encerrado ya no es Gregor y debe desaparecer, no siente rabia. Solo una tristeza serena y una aceptación absoluta. Esa noche, solo y exhausto, deja de resistir. Muere en silencio.
La muerte de Gregor no provoca duelo, sino alivio. La familia sale al exterior, respira, hace planes. Grete se estira al sol, símbolo de una nueva etapa. La verdadera metamorfosis se completa entonces: no solo la del protagonista, sino la de una familia que ha aprendido a vivir sin él.
Kafka cierra la obra con una verdad inquietante y brutal: en una sociedad donde el valor del ser humano depende de su utilidad, quien deja de servir deja también de ser considerado humano. La metamorfosis es una historia sobre la alienación, la soledad y la crueldad silenciosa de lo cotidiano, donde lo absurdo revela con claridad despiadada la fragilidad de los vínculos humanos.