El deber antes que el horror
El cuerpo de Gregor seguía sin responder, pero su mente trabajaba con una claridad inquietante. Calculó la hora. Ya era tarde. Demasiado tarde. El tren que debía tomar había partido hacía rato y, con él, la ilusión de que todo pudiera seguir igual. Pensó en las excusas que solía dar cuando se retrasaba, en las miradas de sospecha, en la desconfianza permanente de su superior.
El horror de su transformación quedaba relegado a un segundo plano. Lo verdaderamente angustiante era fallar. No cumplir. No producir. Durante años, Gregor había vivido para su trabajo, sosteniendo a su familia con un esfuerzo silencioso y constante. Su valor estaba ligado a su utilidad, y ahora, atrapado en ese cuerpo extraño, sentía que todo aquello se desmoronaba.
Intentó incorporarse una vez más. El esfuerzo fue inútil. Cada movimiento terminaba en una caída torpe sobre el caparazón. El cansancio comenzó a invadirlo, pero la ansiedad era mayor. No ir al trabajo significaba levantar sospechas, despertar reproches, convertirse en un problema.
Desde el otro lado de la puerta, escuchó a su madre preguntar con preocupación. Su padre respondió con impaciencia. La voz de su hermana se mezclaba entre la inquietud y el desconcierto. Gregor quiso tranquilizarlos, explicarles que todo estaba bajo control, que pronto saldría. Pero sus palabras no podían salir de su boca como antes.
El deber seguía empujándolo, incluso cuando el cuerpo había dejado de obedecer. En ese instante, Gregor comprendió que su vida había estado definida por una obligación constante, tan profunda que ni siquiera una metamorfosis podía romperla.
El trabajo, que alguna vez le dio sentido, se erguía ahora como una cadena invisible. Antes de enfrentar el horror de lo que era, Gregor seguía aferrado a lo que había sido. Y ese apego sería, desde ese momento, una de sus mayores condenas.