La puerta cerrada
La puerta seguía cerrada. No era solo un objeto de madera entre Gregor y su familia; se había convertido en una frontera. Detrás de ella, las voces se acumulaban con impaciencia creciente. Su madre suplicaba, su padre exigía, su hermana dudaba. Gregor escuchaba todo con una mezcla de culpa y desesperación.
Intentó responder de nuevo. Hizo un esfuerzo por articular palabras claras, humanas, tranquilizadoras. Pero su voz salió distorsionada, convertida en un sonido extraño que ni él mismo reconocía. Del otro lado, el silencio se volvió más denso. Algo en ese sonido confirmó los temores que nadie se atrevía aún a nombrar.
Gregor se arrastró lentamente hacia la puerta. Cada movimiento era torpe y humillante. El simple acto de girar el cuerpo se volvía una tarea agotadora. Mientras avanzaba, comprendió que incluso si lograba abrirla, nada volvería a ser igual.
El padre comenzó a golpear la puerta con fuerza. El gerente del trabajo había llegado, atraído por la ausencia inexplicable. La presión aumentaba. Gregor, acorralado entre la vergüenza y el miedo, sintió por primera vez el peso del rechazo que se avecinaba.
Finalmente, con un esfuerzo doloroso, logró accionar el pestillo. La puerta se abrió lentamente, revelando su nueva forma. El silencio fue inmediato. No hubo palabras, solo miradas paralizadas por el horror.
En ese instante, Gregor entendió que la puerta no volvería a cumplir su función original. Ya no separaba una habitación del resto de la casa; separaba al mundo humano de aquello que no quería reconocer.
La incomunicación quedó sellada. Y con ella, el inicio de un encierro que no sería solo físico, sino profundamente humano.