El encierro
La puerta se cerró con un golpe seco, y el sonido quedó suspendido en el aire como un eco interminable. Gregor quedó solo. La habitación, que antes apenas notaba, se transformó en un espacio extraño y hostil. Cada objeto parecía fuera de lugar, como si ya no le perteneciera. La cama, el escritorio, las paredes… todo estaba pensado para un cuerpo que ya no existía.
Al principio, Gregor intentó convencerse de que aquello era temporal. Que bastaría con descansar, con esperar. Pero el paso de las horas le enseñó que el tiempo ya no funcionaba como antes. No había trenes que alcanzar ni horarios que cumplir. Solo un silencio espeso, interrumpido ocasionalmente por pasos al otro lado de la puerta.
Su hermana comenzó a encargarse de él. Entraba con cautela, dejando la comida sin mirarlo directamente, retirándose rápido, como si temiera permanecer demasiado tiempo en su presencia. Gregor agradecía ese gesto mínimo, aunque le dolía la distancia. Comprendió que incluso la compasión tenía límites.
La habitación empezó a perder su carácter humano. El aire se volvía pesado, la luz escasa. Gregor se desplazaba por las paredes y el techo, descubriendo que su cuerpo encontraba comodidad en lugares impensables. Cada nuevo hábito lo alejaba un poco más de quien había sido.
El encierro no era solo físico. Era la confirmación de una exclusión silenciosa. Detrás de la puerta, la vida continuaba sin él. Dentro, Gregor empezaba a desaparecer lentamente, atrapado entre recuerdos humanos y una realidad que ya no lo reconocía.
Ese encierro marcó el inicio de una transformación más profunda que la del cuerpo: la del lugar que ocupaba en el mundo.