La hermana como único vínculo
Entre todos los sonidos que llegaban del otro lado de la puerta, uno se distinguía del resto. Eran los pasos de Grete. Gregor aprendió a reconocerlos con precisión. Eran más ligeros, más cuidadosos. En ellos había aún un rastro de humanidad que no encontraba en ningún otro gesto.
Grete se convirtió en su único contacto con el mundo exterior. Cada día entraba a la habitación con cautela, evitando mirarlo directamente. Dejaba la comida, abría la ventana por un momento, limpiaba con rapidez. Sus movimientos revelaban una mezcla de deber, miedo y compasión forzada. Gregor observaba en silencio, tratando de no perturbarla.
Al principio, ella se esforzaba por atenderlo. Experimentaba con distintos alimentos, intentando descubrir qué podía comer. Gregor agradecía esos gestos mínimos más de lo que podía expresar. Sin embargo, incluso en ese cuidado había distancia. No había palabras, solo acciones rápidas y miradas esquivas.
Gregor comenzó a notar el cambio. La paciencia de su hermana se agotaba lentamente. El cuidado se volvía mecánico. La obligación reemplazaba al afecto. Cada visita era más breve que la anterior.
Aun así, Grete seguía siendo su último lazo humano. A través de ella, Gregor mantenía la ilusión de no estar completamente solo. Pero esa ilusión era frágil. Dependía de una compasión que comenzaba a resquebrajarse.
En el silencio de la habitación, Gregor comprendió que incluso el vínculo más cercano podía transformarse cuando la utilidad desaparece. Y que la soledad, cuando se instala, no lo hace de golpe, sino poco a poco, con pasos suaves como los de su hermana al entrar y salir.