El cuerpo que deja de ser humano
Con el paso de los días, Gregor comenzó a notar que algo en su interior cambiaba. No era solo el cuerpo lo que se había transformado; también sus deseos, sus hábitos, su forma de percibir el mundo. Aquello que antes le resultaba familiar empezó a perder significado.
La comida humana ya no le atraía. Los sabores que había disfrutado durante años le resultaban ahora desagradables. En cambio, encontraba cierto placer en restos olvidados, en alimentos descompuestos que antes le habrían causado repulsión. Ese descubrimiento lo perturbó más que su apariencia. Era la prueba de que la transformación avanzaba más allá de la piel.
Su cuerpo respondía con mayor agilidad a las superficies verticales. Se movía con naturalidad por las paredes, se refugiaba en los rincones oscuros, evitaba la luz. Al principio, esos movimientos le generaban vergüenza; luego, comenzaron a parecerle normales. La habitación dejaba de ser un espacio humano y se convertía en un territorio adaptado a su nueva condición.
Los recuerdos de su vida anterior empezaron a desdibujarse. El trabajo, los viajes, las obligaciones… todo parecía lejano, como si perteneciera a otra persona. Gregor aún pensaba como humano, pero cada día le costaba más sostener esa identidad.
Comprendió, con una lucidez dolorosa, que el cuerpo no solo encierra al ser, sino que lo moldea. A medida que su forma se alejaba de lo humano, también lo hacía su lugar en el mundo. La transformación ya no era solo un castigo externo, sino un proceso interno del que no había retorno.
En ese silencio oscuro, Gregor empezó a aceptar una verdad inquietante: estaba dejando de ser quien había sido, y nadie parecía dispuesto a recordarlo por él.