La violencia del padre
La tensión que se acumulaba en la casa terminó por estallar. El padre de Gregor, hasta entonces distante y silencioso, comenzó a verlo no como una anomalía pasajera, sino como una amenaza constante. Su presencia despertaba vergüenza, rabia y un resentimiento que no necesitaba palabras.
Una tarde, Gregor salió de su habitación atraído por la música del violín de su hermana. Por un instante, algo profundamente humano se agitó dentro de él. No buscaba asustar ni invadir, solo escuchar, sentirse cerca. Pero su aparición fue interpretada como una provocación intolerable.
El padre reaccionó con furia. Sin dudarlo, tomó manzanas del comedor y comenzó a lanzarlas contra Gregor. No era un acto impulsivo, sino una descarga de violencia contenida. Gregor intentó huir, pero su cuerpo torpe apenas respondía. Una de las manzanas se incrustó en su espalda, causándole una herida profunda que lo dejó gravemente dañado.
El dolor fue inmediato y persistente. No solo físico. Aquella manzana clavada en su cuerpo se convirtió en un recordatorio constante del rechazo definitivo. El padre no había intentado expulsarlo; había intentado castigarlo por existir.
Desde ese momento, Gregor quedó debilitado. Sus movimientos se volvieron más lentos, su energía disminuyó. La herida nunca sanó. Y con ella, se selló una verdad amarga: la violencia no era solo una reacción al miedo, sino la confirmación de que ya no había lugar para él en ese hogar.
La autoridad paterna, que antes había sido distante pero reconocible, se transformó en una fuerza destructiva. Gregor comprendió entonces que el amor familiar podía romperse, y que cuando lo hacía, dejaba cicatrices imposibles de ocultar.